Donar un riñón en vida. Mi experiencia. Por Lola Montalvo


El hecho de donar un riñón en vida supone que una persona sana decide, de forma libre y sin coacciones de ningún tipo, que quiere dar uno de sus riñones a una persona que lo precisa. En España, líder mundial de donaciones en general, este proceso es extremadamente escrupuloso en lo que se refiere a la selección de estos donantes y en el protocolo que lleva a consumar este tipo de trasplante. En esta colaboración para el blog de Ana Hidalgo, «Vivir con insuficiencia renal», me voy a limitar a contar mi experiencia.

¿Cómo se toma la decisión de donar un riñón en vida? Esa decisión se toma cuando alguien muy cercano a ti enferma de una ERC, que deriva en IRC y debe empezar con diálisis. En mi caso el enfermo es mi pareja.

Cuando el médico os dice que su situación se ha agravado, que está peor, que la dieta —dieta horrible, restrictiva, monótona, sosa…— y la medicación no han podido impedir que su creatinina esté fatal y su urea se encuentre niveles imposibles, que debe empezar con la diálisis. El miedo es tan poderoso en ese momento —por el miedo a lo desconocido o por el miedo a lo ya vivido— que suele ayudar a decidirse. Además, mi pareja, al principio de su enfermedad, recibió un trasplante que se complicó y casi le cuesta la vida. A partir de ese trasplante fallido sus posibilidades de recibir otro riñón se redujeron en un 95%... Sus posibilidades de recibir otro por la lista habitual eran casi nulas y su mejor opción siempre fue una donación de vivo, eligiendo un donante que fuera lo más compatible posible.

Me decidí a dar ese paso y, desde el mismo momento que tomé esa decisión, empezó el vértigo.

Sí, no voy a negar que, desde el mismo instante en que tomé la decisión de donar un riñón para que mi pareja tuviera una oportunidad, un runrún me atenazó el estómago, un cosquilleo sordo y constante de miedo ante lo desconocido. Cierto. Así fue, quiero ser honesta. Ese miedo lo tuve que sufrir con altibajos durante más de cuatro años, porque en mi caso no era una donación directa de mí a mi pareja; como no somos compatibles, nos incluyeron en la lista de trasplante cruzado —yo dono un riñón a una persona y el donante-pareja de ese donante, le dona su riñón a mi pareja— que rige en España y tuvo que pasar este espacio de tiempo tan largo hasta que se encontró a alguien compatible para que el trasplante se formalizara.

Sí, pasé miedo y no voy a negar que a veces me preguntaba si no sería mejor que le llegar un riñón adecuado para trasplantar por la lista normal de trasplante, la lista de fallecidos que son donantes. El miedo es poderoso, te roe y te atrapa hasta en el momento menos esperado… pero aún así, nunca me eché a atrás. Tuve miedo, pero mi decisión era firme. Quería hacerlo. Quería que mi pareja tuviera una oportunidad de tener una vida mejor, salir de la diálisis que le tenía preso desde hacía tanto tiempo. Mis hijos nunca conocieron a su padre sin diálisis.

En todo este tiempo que tuvimos que esperar me hicieron decenas de análisis, de pruebas, de consultas en nefrología, urología, psicología, trabajo social… Algunas pruebas las llevé mejor que otras y no siempre me trataron bien. Nunca digo que soy enfermera, nunca, porque creo que eso puede condicionar la atención que recibo, algo así como que espero algo que de verdad no espero en absoluto. Un día me citaron en el hospital para una prueba concreta con contraste; reconozco que me puse un poco nerviosa porque tengo ciertas alergias y me daba miedo el contraste —que nunca me habían administrado—. Mi nerviosismo me llenó los ojos de lágrimas, me suele pasar… y el enfermero que me puso la vía, lejos de tranquilizarme, se burló de mí y me dijo con muy poco tacto: «si te da miedo esto, pues verás cuando te operen… deberías planteártelo». Salí llorando de la sala de Rayos sin una sola palabra amable que me acompañara.

Aún así, mi decisión fue firme en todo momento, porque siempre me planteé que la vida de mi pareja debía mejorar, merecía una oportunidad, porque con su vida también cambiaría la mía y la de mis hijos. Le veía sufrir, le veía sacrificarse en la comida, en los líquidos que podía beber, la fruta que no podía comer, limitando nuestra vida social, la de nuestros hijos, pensando que jamás recibiría un trasplante. Cuando salía el tema, él me decía siempre que no lo hiciera si tenía la más mínima duda, que no lo hiciera. Porque él nunca me lo pidió. El presentarme como donante para trasplante cruzado fue idea mía al leer en una publicación sanitaria que se empezaban a incluir parejas en la lista de espera diseñada a tal fin. Y yo sabía que él tenía miedo por mí, que temía que me pasara algo.

El tiempo corrió y el día llegó. Mi miedo ya era un algo tangible, real. Pasé por la cita del Comité de ética de nuestro hospital de referencia y por la cita con el Juez, en dos días distintos, y a todos ellos les manifesté que sí, que tenía miedo pero que sabía lo que hacía, que estaba convencida de que deseaba hacerlo y que mi pareja jamás me había instigado para que me ofreciera a donar. Cuando salí de allí me sentí bien, me sentí fuerte. Sabía que eso es lo que debía hacer. Porque, además, entendí que en otra parte de España había otra pareja igual que nosotros, que estaba dado los mismos pasos, sufriendo los mismos requisitos, con los mismos temores y eso me hacía comprender que con mi acto de donación estaba ayudando a dos familias a tener una nueva oportunidad de una vida «normal», una vida fuera de la diálisis: la del receptor y la mía. Este pensamiento me acompañó desde que firmé ante el juez y me acompaña aún hoy día, casi cinco años después.

Uuuuffff, la operación y mi estancia en el hospital fue una experiencia llena de luces y sombras en las que prefiero no ahondar en este momento, porque es cierto que en los servicios de los hospitales no siempre están los que deberían y yo tuve la mala suerte de tropezar con algún mal ejemplo de lo que jamás debe ser la enfermería.

Pero todo pasó casi en un suspiro, con pocas molestias y ninguna complicación. Desde el primer momento el riñón que recibió mi pareja funcionó a la perfección, su función fue más que adecuada y todo fue magníficamente bien. Cada día que pasaba me daba cuenta de que había hecho lo correcto y me sentía muy orgullosa de que el miedo no me hubiera hecho cambiar de opinión. Y no dejaba de imaginarme a otra familia, en otro punto de España, que vivía la misma sensación y esperanza que nosotros. Ahí radica la magia de esto: alguien lleva una parte de mí y eso le ayuda a vivir una vida mejor, espero que le dure toda una vida y sea feliz. Todo ha merecido la pena sin duda alguna, cada día que pasa, cada control de nefrología satisfactorio que pasa mi marido me llena de alegría y me hace entender que hice lo que debía hacer.

La ciencia avanza a una velocidad de vértigo; las máquinas de diálisis cada día son más pequeñas y eficaces, se están ensayando riñones biónicos y un día se diseñarán injertos a la carta que cumplan los perfiles antigénicos de cada persona que lo precise. Un día, estoy segura de ello, no serán necesarios los trasplantes. Lo sé. Pero hoy día siguen siendo imprescindibles, hoy todavía hace falta que alguien done tras su muerte para que otras personas tengan una oportunidad de vida o se hace preciso la donación de vivo de alguien cercano al que le mueve, no solo la solidaridad, sino el cariño y el amor. Creo que pocos actos de generosidad humana se pueden comparar con las donaciones… muy pocos.

Ana Hidalgo es de las personas que más campaña hacen en favor de la donación de órganos y tejidos. El que me pida este artículo para su blog es muestra de ello y le doy las gracias por contar siempre conmigo y prestarme su espacio para expresarme. El bloguero Keko Iglesias también hace una maravillosa labor con su espacio y ha creado un eslogan que me gusta mucho: «Disfruta de la vida y luego dónala». Y eso mismo os pido yo como colofón a este texto.


Gracias por todo. Un abrazo.


Lola Montalvo
19 abril 2019

Lola Montalvo. Enfermera 
Lola Montalvo. Escritora 




Ana Hidalgo 



Cuatro trasplantes

Foto de: Pedro Soriano y #FFpaciente
Son muchas las preguntas que me hacen en torno a este último trasplante... y debo aclarar que cada persona es un mundo y en la misma persona, cada trasplante, puede transcurrir de manera diferente: edad, condición física, rechazo agudo, post-operatorio fácil o complicado... Yo voy a explicar un poco cada uno de ellos, porque ninguno fue igual, ni siquiera parecido.

El primero de mis trasplantes sucedió cuando yo contaba con 17 añitos. Era una adolescente presumida y muy preocupada por los amigos e ir a bailar. Por aquella época me realizaba hemodiálisis. Era joven y fuerte y la operación transcurrió sin complicaciones. Estuve en una habitación aislada durante algo más de una semana (no lo recuerdo exactamente) y de ahí me dieron el alta y para casa y la calle (sin mascarilla). Pero... aquí hay un pero muy grande. El uréter del riñón no estaba funcionando como debía y a los pocos meses del trasplante me tuvieron que ingresar y operar dos veces más (arreglos y al final unir mi uréter con el del riñón trasplantado)... total, el riñón me duró apenas un par de años.

 El segundo, fue de mi padre. Esta vez estaba con diálisis peritoneal. Tenía 20 años. Los dos entramos a la vez en quirófano, quitaron y  pusieron riñón. Una semana en aislamiento y para casa y la calle (sin mascarilla). Desgraciadamente, este riñón no quiso ir desde el principio como debía y a los 4 años dejó de funcionar.

Volví a hemodiálisis y a los 26 años me volvieron a llamar. El tercer trasplante fue muy complicado, yo tenía una gran anemia y no estaba en muy buenas condiciones. Intentaron ponerlo en la parte delantera derecha y no pudieron, así que me abrieron por detrás y me lo colocaron en el sitio habitual de los riñones. Estuve aislada durante un mes y mi riñón tardo 21 día en funcionar. Pero, por contrapartida, este es el que más tiempo me ha durado ¡¡27 años!!  Aquí podéis leer con más detalle como fue la operación.

Y llegamos al cuarto trasplante, que como la mayoría sabe, se realizó hace 15 días. No he llegado a entrar en diálisis, aunque estaba a punto, y tenía todavía una pequeña función renal del 11%. Yo estaba en una perfecta condición física y anímica, y la recuperación está siendo bastante buena. He estado una semana en el hospital ingresada en una planta normal, con puerta abierta, con la única condición de que el que entrara se pusiera una mascarilla. A la semana me han dado el alta y ... para casa y la calle (sin mascarilla). Me encuentro bien, bastante fuerte, con hambre (de hecho, nunca la he perdido) y con intención de cuidarme y quererme mucho y cuidar y querer mucho este maravilloso regalo.

Gracias a todos por vuestro interés y fuerte abrazo.


Ana Hidalgo 



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