martes, 27 de octubre de 2015

Los micro-relatos de Esther: "NALA"



Esther con Nala y Zuri
El perro ladraba sin parar, lo tenían encerrado en un habitáculo, dentro de una jaula. Sólo, con frío, sin comida ni agua, bajo la oscuridad de la noche, ladraba de miedo, de hambre, de pena.
El día comenzaba con un hilo de luz de sol que penetraba entre alguna grieta de la derruida pared.
El perrillo sin nombre buscaba en su reducida prisión ese rayo de sol que calentara su piel y su alma, convirtiendo la luz en esperanza.

Esa mañana escuchó el chirrido del portón, ese sonido se escuchaba una vez a la semana. Se acurruco en una esquina, temblando, sabía que lo que se avecinaba, ese portazo significaba comida, pero también, terror.
Paso un hombre corpulento, balanceándose sobre sí mismo. Gritaba y daba patadas a todo lo que se le ponía por delante. Abrió la jaula y cogió al tembloroso animalillo por el cuello, arrojándolo con fuerza a la calle y gritándole que no valía para nada.

El pequeño comenzó a andar, sus patitas se doblaban a causa de haber estado toda la vida encerrado. Saco fuerza, valor y caminó bajo la lluvia, entre el barro. Después de varios días vagabundeando, chupando los charcos para apagar su sed, rebuscando entre la basura para comer, unas manos cálidas le cogían en brazos.


Así encontraron a Nala
Asustado, tiritando, sus ojos descubrieron algo nuevo, un ser humano que le hablaba con una voz dulce. Le llevaron a una casa, le bañaron, alimentaron, cortaron los pelos repletos de garrapatas… y lo colocaron en una suave manta junto al calor de una hoguera.

Observó que la miraban con dulzura y escuchaba como hablaban de ella. ¿Ella? Si, detrás del barro, de esos ojos llorosos y asustados había una preciosa perrita a la que alguien que no conocía deseaba adoptarla para cuidarla. ¿Sería eso verdad? ¿Había alguien que quería aun “feo perrucho” como estaba acostumbrada a escuchar cuando se dirigía su amo a ella?

Al día siguiente la metieron en un coche y la chica de cabellos dorados que la había rescatado de una muerte segura le contó que iba a vivir en una casa con una dueña que la cuidaría y la mimaría.

Por la tarde conoció a la que se convertiría en su “mamá”. Cuando los ojos del animal y la mujer se encontraron las dos supieron que la vida había predestinado que debían estar juntas.
Nala, que así la llamó, conoció su nuevo hogar. En él había también una conejita blanca llamada Zuri. Se olisquearon mutuamente y sin más dilación comenzaron a jugar por la gran terraza. Estrella, la mama de Nala y Zuri, se sentía muy feliz con sus dos “niñas” como las llamaba cariñosamente. Disfrutaba cogiendo en brazos a Zuri y se reía mucho cuando Nala se ponía celosa porque también quería una buena dosis de mimos, entonces, Estrella bajaba a la pequeña de la familia y la perra le daba unos buenos lametazos para demostrarle cuanto la quería...

Nala descubrió lo que era el amor. Sintió como eran los besos, los abrazos, el dormir acurrucada junto a un cuerpo cálido y protector. Averiguó que la vida le había dado una segunda oportunidad y que no todos los humanos maltratan a los animales, que hay gente que los quiere y desean salvarlos de las garras de individuos sin corazón.

Se convirtió en la perrita más feliz del mundo junto a su “amita” a la que también salvó con sus lametones y carantoñas de su soledad.

Esther Castilla


3 comentarios:

  1. Ole, ole!!!! Precioso relato y lo mejor que es real!!!

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  2. Vaya Esther: no conocía esta faceta tuya, eres una todo terreno, te felicito, me ha gustado mucho, me he identificado por mi!! misifu ¡¡ mi gato encontrado que ya lleva 14 años con nosotros.

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  3. Muy bonito Esther....Te felicito eres y serás una gran escritora ;)

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