Preocuparse... lo justo. Mejor ocuparse



Cualquier persona a la que le ha sido diagnosticada una enfermedad, sea crónica o no, se preocupa por ella. Lo normal es que se asuste y piense más de la cuenta, incluso llegando a no dormir bien por las noches. Las preguntas sin respuestas, el ¿Por qué a mí?, la tristeza, la rabia y la desesperación son emociones que salen a flote sobre todo en las primeras etapas.
La preocupación a veces es tan fuerte, que paraliza, en el enfermo, la capacidad de reaccionar y ocuparse, es decir de actuar. El miedo a lo que le espera puede llevarle a conformarse con la situación.
Pero hay que pararse a pensar que con todas la emociones negativas, la apatía, el desánimo, la tristeza... lo único que consigues es empeorar tu estado, físico y mental.
Si dejas rienda suelta a la imaginación e inventas historias, las preocupaciones pueden ocupar todo tu tiempo.
No digo que haya que cerrar los ojos ante nuestra situación, decir que todo va bien y que todo está estupendamente, lo que sí hay que procurar es no preocuparse demasiado por resultados o desenlaces que no sabes si ocurrirán. En vez de eso, OCÚPATE, y actúa en consecuencia de lo que tú quieres y de cómo te quieres sentir.


Cuando te enfrentas a determinadas situaciones, en este caso la enfermedad, te puedes plantear dos cosas:  puedes elegir preocuparte, o por el contrario, puedes elegir ocuparte del asunto y después ya veremos.
Preocuparse, sí, lo justo, pero enseguida hay que disponerse a ocuparse: ocuparse de comprender la enfermedad, ocuparse de preguntar todo lo que se desconoce y todas las dudas, ocuparse de llevar la dieta y el tratamiento a rajatabla, ocuparse de mantener un estilo de vida saludable, ocuparse de intentar ser feliz con lo que uno tiene, ocuparse de vivir...

La preocupación dará paso a la ocupación permitiendo que puedas vivir con emociones más positivas que favorecerán tu estado de ánimo y tu salud.

Al final, todo se resume en una elección y una decisión.



Ana Hidalgo


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