lunes, 30 de enero de 2012

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 30



La vida tiene que seguir su curso, y aunque estábamos a la expectativa del trasplante, eso no nos apartaba de las rutinas de cada día, a las que ya nos habíamos acostumbrado. De hecho en más de una ocasión llegué a plantearme la idea de poder seguir con la diálisis, sin necesidad del trasplante.
Nos enteramos de una persona, una mujer, que llevaba años viviendo así, haciendo su vida lo mejor que la enfermedad le permitía, realizando sus recambios y en sus ratos libres ocupándose en ayudar a otros enfermos de IRC. Pero la verdad es que la insuficiencia renal te acorta mucho las funciones, aun sean meras usanzas domesticas y de trabajo, y siguiendo así lo cierto es que el enfermo se va apagando poco a poco, como todos lo vamos a hacer en un momento, la diferencia radica en que es más rápido que los demás.

Pero es también importante recalcar que el paciente tiene que estar acudiendo seguido a urgencias, sobre todo por la presión elevada, o al menos eso me ocurrió a mí. Hubo momentos en que, al darme de alta los doctores por haber recaído por dolor de cabeza, o por simple chequeo médico donde mis signos vitales rebasaban la norma, donde un sentimiento de miedo me embargaba; miedo a salir a la calle y que de pronto comenzara otra vez ese malestar que me obligaría a correr a que me canalizaran una vez más, a que me internaran, a que temiera que en esa vez encontrarían algo peor en mí que los obligara a cambiar de tratamiento por uno más agresivo.
Sí, a veces era muy difícil salir del hospital y pisar la calle, pensando en que pronto volvería a estar en ese lugar. Esto me ocurrió las últimas veces que me vi en la necesidad de que me internaran. Y estoy seguro que poco a poco se pondría peor en caso de haber seguido así.

Una semana antes me tocó ir con el nefrólogo. Cuando entramos a su consultorio nos informó que sus colegas analizaron las placas de la arteriografía y que encontraron, en el riñón que era más factible para ser donado, una especie de lunar, pero que todavía necesitaban corroborar la información. Nos reiteró que si cualquier cosa les indicaba que podría existir un problema, ya sea con el donador o con el receptor, el protocolo pararía y comenzaríamos de nuevo con otro candidato, o seguir esperando un órgano de cadáver, cosa que era —y sigue siendo- algo muy difícil; la lista de espera se antoja interminable.
Salimos del hospital con lo de siempre: un montón de medicinas y cita para dentro de un mes.

Me sentí raro por las declaraciones del galeno; por un lado era que teníamos la posibilidad de que todo se reiniciara, provocando que todo lo hecho hasta entonces se perdiera. Por otro, que mi papá se librara de la cirugía y así ya no tendría ese sentimiento de culpa que me atosigaba. Pero de pronto, todas las vacilaciones quedaron muy atrás con tan sólo unas cuantas palabras de una mujer: la rutina seguida por casi un año, para mi bienestar, cambiaria substancialmente.

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Capítulo 31- "Una esperanza de vida " 31

Ana Hidalgo

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