jueves, 29 de diciembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 27


Estudio VI ©Teresa Mundo 
Su uso es puramente ilustrativo
Me levanté pesadamente, froté mis ojos y los sentí arenosos por la falta de sueño. Comencé a alistarme para acudir a mi cita al hospital Ayala. Ese día me harían en cistograma miccional.
Toqué la espalda de mi esposa quien se levantó y sin más se preparó para salir mientras me ocupaba de despertar y urgir a nuestro hijo para que se vistiera.
— ¿Adónde vamos? —Me cuestionó mi pequeño con voz somnolienta.
—Tu mamá y yo iremos al hospital, a ti te vamos a dejar con tu abuelita.
— ¿Con tu mamá?
—Sí. Vístete ¿ok?
Él asintió y yo salí de su cuarto para alistar mis dosis de medicamento, que entre los alópatas y algunos naturistas (los que tomaba para tratar de ayudar a los riñones en su función) hacían unos verdaderos “cocteles” de pastillas y cápsulas.

Minutos más tarde, y después de ayudar a mi hijo a terminar de vestirse, ya estábamos preparados.

Abordamos el automóvil y comenzó nuestra travesía. Nuestra primera parada fue en casa de mis padres. Mi madre ya nos esperaba y nos recibió con su particular alegría y nuestro hijo hizo otro tanto al verla, gritando y armando alharaca al abrazarla. En cuanto el pequeño se vio en casa de sus abuelos, no dudo en apurarnos para que fuéramos a nuestro mandado.
—Hijo de tu madre —dijo mi esposa—, le haces más fiesta a tu abuelita que a mí.
—Ya nos vamos —anuncié y acaricié a mi hijo en su cabeza—. Pórtate bien y obedece a tu abuelita. ¿Estamos de acuerdo?
—Sí, papá. Ya váyanse porque se les hace tarde.
— ¿Me estás corriendo? ¿Por qué quieres que me vaya?
Ante tal disyuntiva, él pequeño optó por la salida elegante.
—Abuelita, no he desayunado ¿me das de comer?
—Ándale pues, ahora me ignoras. Mejor ya nos vamos.
—Cuídense mucho y por el niño no se preocupen, nos vamos a divertir mucho, ¿verdad, Alex?
—Sí, abuelita. ¿Me haces unos molletes con queso y jitomate?
Todos reímos y terminamos de despedirnos mientras abordábamos el auto.
Durante el trayecto al hospital el silencio fue nuestro principal acompañante. Trataba de relajarme oyendo música, viendo a los transeúntes, pero nada lograba apartar de mis pensamientos el examen que, poco a poco, se hacía inminente. Mis dudas siempre eran las mismas:
“¿Dolerá? ¿Cómo se hará el examen? ¿Qué cosa me van a poner? ¿Es posible que me quede algún tipo de secuela?”
Tales incógnitas se despejarían muy pronto.
En menos tiempo del que esperaba llegamos al nosocomio. Exhalé un suspiro al distinguir la fachada del edificio.
“Pues bien, ya estamos aquí. Ya qué.”


Estacionamos el vehículo y segundos después entramos al Hospital. Verificamos en mi tarjetón de citas el lugar dónde se realizaría el cistograma y nos dirigimos ahí. Una vez en el área designada hablé con la persona que atiende a los pacientes, revisó mis papeles y su computadora y nombró una puerta pidiendo que esperáramos atentos a que alguien saliera de ahí y me llamara.
Tomamos asientos y nos resignamos a esperar, pero pasaban los minutos y no había respuesta de nadie tras la puerta.
“A lo mejor ya se arrepintieron. O quizás salga un doctor diciendo que ese examen ya no será necesario, o podría pasar que…”
Aun no terminaba la frase cuando un hombre joven salió de la puerta y me nombró. Apresuradamente me levanté y lo seguí sumiso.

Pasamos un pequeño cuarto separado por una puerta. Otro de mayores dimensiones de encontraba después, y en él había una gran mesa de exploración, sobre ésta un aparato de grandes dimensiones se suspendía, como una gigantesca cámara fotográfica, y varias cosas más se hallaban ordenadas alrededor. La luz era tenue y amarilla. El muchacho, vestido con bata azul, corroboró mis datos y, una vez hecho esto, me pidió que me adentrara a un pequeño vestidor localizado al lado de la entrada, que me desnudara por completo y que usara la bata que me estaba entregando en ese momento. Tomé aire y me encaminé a donde dijo; en una especie de banca me senté y sin dudarlo desvestí mi cuerpo y lo cubrí con la bata. Salí de ahí calzando mis zapatos a manera de sandalias. Me ordenó que me acostara en la mesa.
Una vez hecho esto, comenzó a explicarme el procedimiento:
—Ponme atención por favor. Voy a introducir una manguera muy fina por tu pene hasta llegar a la vejiga, después voy a dejar correr un líquido de contraste. Hecho esto voy a tomarte unas placas en diferentes posiciones para poder medir el tamaño de tu vejiga.
— ¿Dolerá mucho?, ¿es muy gruesa la manguera?
—Sí duele, no te voy a mentir, pero te pondré un poco de anestesia local y voy a usar un catéter muy delgado, no te preocupes.
Asentí y él entró a un cuarto contiguo, saliendo segundos más tarde con una bolsa como de 250mililitros de capacidad, llena de solución, el cual colgó sobre mí ayudado por una percha de hospital. Conectó un tubo a la bolsa y después me mostró el catéter que usaría.
— ¿Ves? Esto es lo que voy a introducir, no es muy grueso —antes del examen tenía la idea de que el catéter tendría lo grueso del repuesto de una pluma cualquiera, pero el tubo que vi abarcaba un diámetro más o menos de medio centímetro, lo cual amplificó mi inquietud—. ¿Listo? —asentí y traté de relajarme—. Voy a ser rápido para que todo pase pronto.
Sin decir más, y previamente ataviado con guantes estériles, me puso un espray en el pene, que al parecer era la anestesia, y de inmediato lo sujetó y con rapidez y habilidad metió la manguera. La verdad me ardió bastante, sentí como atravesaba mi interior abriendo las paredes del órgano, casi pude escuchar el sonido del catéter raspando mi uretra, y en verdad aprecié cómo lo hacía. Todo finalizó en un par de segundos, al término de los cuales me sentí muy aliviado pero algo aturdido por el dolor que pareció extenderse hasta mi cabeza. Todo este tiempo traté de no moverme, pero el ardor me provocó algunos espasmos, por fortuna ninguno que interfiriera con el examen.
—Muy bien, ya pasó lo peor, relájate.
Traté de respirar profundo mientras él maniobraba el catéter.
—Listo. Ahora voy a dejar que corra la sustancia de contraste hasta que se termine y se llene tu vejiga para poder sacar las placas. Ten paciencia, va a tardar un poco.
Ahí quedé algunos minutos, tratando de respirar acompasado, viendo cuanta solución quedaba en la bolsa, hurgando a mi alrededor con la vista.
Casi se vació la bolsa, y mi esperanza de salir de ahí mejoraba, cuando el muchacho regresó y examinó el medicamento.
—Ok, ya vamos a poner la otra.
— ¿Falta más? —pregunté con desaliento.
—No te apures, todo lleva un proceso. Vamos bien, pronto terminaremos.
Cerré los ojos y suspiré profundo, al abrirlos ya estaba colocando un nuevo envase en el catéter.
“Ya qué. A seguir esperando”
El nuevo envase comenzó a pasar su contenido, pero al quedar como un tercio del agua, mi vejiga comenzó a protestar fuertemente.
—Perdoné —llamé la atención del enfermero—, pero creo que ya se llenó mi vejiga.
El muchacho regresó y le dio una mirada a la solución.
—Todavía le falta un poco, aguántate un momento más.
—Pero es que de verdad ya no puedo; siento la vejiga bien inflamada.
—Necesitamos que entre lo más que se pueda del líquido, de lo contrario el examen podría salir mal y habría que repetirlo. ¿Estás seguro de ya no poder aguantar más?
Ante tal argumento, sólo me quedó como opción seguir soportando hasta que fuera conveniente, algo que no tardó mucho en pasar. Apenas unos segundos después mi protesta era desesperada.
— ¡Doctor, la verdad ya no aguanto!
— ¿Seguro? Recuerda que si las placas no salen bien tendremos que repetir todo.
—En verdad ya no aguanto; duele bastante —y no exageraba ni un poco mis palabras.
Él se acerco y presionó un poco la bolsa, encogí mis piernas en protesta a la maniobra mientras seguía con mi queja de que ya no podía soportar más.
—Muy bien —dijo él—, esperemos que sea suficiente.
Acto seguido cerró el conducto de plástico, colocó esa especie de brazo con cámara sobre mí, y se internó en una especie de cubículo desde donde podían maniobrarse las maquinas a distancia y con seguridad.
Me tomó algunas “fotos” mientras yo soportaba el tormento de la solución de contraste en mi vejiga. Traté de permanecer lo más quieto posible, sabía que el examen era importante y no quería arruinarlo, ni tampoco que me lo volvieran a hacer.
Segundos después, volvió a colocarse a un lado mío y me dio un par de sabanas verdes, esto a la vez que me daba la orden de colocarme de lado y que, cuando él me dijera, comenzara a orinar sobre esas telas.
— ¿Voy a orinarme aquí?
—Sí, no te preocupes, es parte del examen. Mientras haces eso, yo tomaré unas placas más, por eso tienes que hacerlo cuando te lo indique, ¿ok?
—Bien, muy bien.
Dentro de mí, esperaba que pronto terminara todo, pero temía no poder hacer lo que me pedía el enfermero, parte por los nervios de que él estuviera ahí, parte por tener que hacerlo con el catéter.
—Muy bien —anunció el joven—, puja ahora.
Obedecí, pero no pude lograr nada. El tubo no permitía que la solución saliera.
—Vamos, puja y ya terminamos.
—N-no puedo, el catéter no me deja.
—Bueno, vamos a solucionarlo, pero no orines hasta que te diga.
El muchacho tomó la manguera y con una rápida maniobra sacó el plástico que me abría la uretra. Sentí mi cabeza estallar y mi cuerpo temblar con lo que hizo y por las ganas que me azotaban sin descanso, pero aun tenía que esperar a que me dijera el momento oportuno. Velozmente regresó a su cubículo y por fin dijo las palabras que necesitaba oír con desesperación:
—Listo, orina.
Y sin esperar a más, sin pena y con un alivio enorme, mojé las sabanas mientras el muchacho continuaba tomando las placas. Apenas segundos más tarde todo terminó. Él salió de su cubículo, me dijo que todo había salido bien, me dio otra sabana para asearme, me indicó que las placas se las tenía que dar a mi doctor y que ya era todo con él.
Terminé de limpiarme, me vestí y salí a la sala de espera. Tristemente vi que el paciente que me continuaba, era una niña que no llegaba a los diez años. Sentí pena por ella pensando en que, si le iban a hacer el mismo examen, sufriría lo mismo o quizá más que yo. Rápidamente traté de no pensar más en eso, y despacio me encaminé a donde me esperaba mi esposa. Después de preguntarme cómo estuvo todo, salimos a comer en alguno de los restaurantes que se ubican afuera del nosocomio, ahí le conté lo sucedido apenas unos minutos atrás. Todo este tiempo sentí un fuerte ardor que disminuyó conforme pasaron las horas, pero en el lapso de unos días, tiempo en el cual estuve resentido, cuando orinaba, ahí sí, como se dice por acá, hasta ganas de chillar me daban.
Pero no tenía idea de que las verdaderas ganas de llorar realmente llegarían pronto, sin aviso previo, como la tormenta que relampaguea justo antes de comenzar a llover.


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Capítulo 28- "Una esperanza de vida " 28


Ana Hidalgo

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