martes, 13 de diciembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 26


©Ramón L. Morales
Es un día normal, como cualquier otro. Por fin me he sentido mejor, más ligero, un poco aliviado de las preocupaciones de mi enfermedad. Mi hijo juega al fut-bol, junto a otros niños, en el parque.
— ¡Mírame, papá!
— ¡Te veo, Chaparro! ¡Corre tras el balón, patéalo con fuerza! ¡Eso es! ¡Corre, no dejes que te alcancen!
Parece que este día va a terminar como empezó: con absoluta tranquilidad. Pero a veces la tranquilidad se quiebra en segundos.
Todo comienza como un ligero jadeo.
“Estoy un poco cansado, no es nada” me digo. Segundos después siento la opresión en el pecho, esa misma sensación que parece querer asfixiarme.
“Tranquilo, todo está bien. Respira despacio. Ya pasará, ya pasará… Dios, no me siento muy bien…”
— ¡Hijo, vámonos! —ordeno queriendo regresar a casa para descansar un poco, pensando que eso me tranquilizará.
— ¿Por qué? ¿A dónde vamos? Yo quiero seguir jugando…
—Por favor, hijo. No me siento… bien.
Me desvanezco.
— ¿Papá? ¡PAPÁ!
Siento como mis ojos pierden las imágenes; primero parecen difuminarse, después veo doble, al final todo es oscuridad. Mis piernas tiemblan un segundo, al siguiente ya no me responden y permiten que mi cuerpo se desplome. Escucho como grita mi hijo, escucho a la gente a mi alrededor: dicen que me he desmayado, o que estoy ebrio, o que soy un vago. Alguien ordena una ambulancia por el celular, otra persona reconforta a mi hijo, le dice que todo va a estar bien, que yo voy a estar bien. Miente.
Todo se vuelve un caos: gritos, pláticas, alegatos; una cacofonía de sonidos. Mis padres llegan a mi lado y sostienen mi mano tratando de alentarme.
—¡Hijo! ¡Hijo! ¡Despierta! ¡Abre tus ojos! —exclama mi madre.
—No te preocupes —me tranquiliza mi padre—, ya viene la ambulancia.
—Él está bien, va a estar bien —dice mi esposa que aparece de pronto tomando a nuestro hijo y abrazándolo. Mi pequeño llora y pregunta por mí. Nadie le responde como él quisiera, nadie le despeja sus dudas y llora más fuerte.
La ambulancia llega y un par de paramédicos ordena que todo mundo se haga hacia atrás, me sujetan y casi como un títere sin hilos me colocan sobre una camilla y me levantan para introducirme dentro del monstruo de metal que parece tragarnos al cerrar sus puertas. La ambulancia úlula camino al hospital mientras los rescatistas revisan mis signos vitales. Voltean a verse y con gestos parecen decirse que no queda mucho por hacer. Sonríen.
 “¡Dios! ¿Qué está pasando? ¡Qué me está pasando! No quiero morir, no quiero morir. ¡Qué me va a pasar!”



Llegamos al hospital. La ambulancia nos escupe y unos camilleros relevan a los paramédicos que se alejan complacidos.
—¡Abran paso! —ordena uno de los hombres.
Prácticamente corriendo cruzamos el hospital. Siento como golpean mi camilla una y otra vez contra lo que pareciera un sinfín de puertas y pasillos. El olor a hospital me llena los pulmones. Al fin nos detenemos en el umbral de urgencias, una enfermera nos recibe malhumorada.
— ¿A dónde? —Pregunta uno de mis conductores.
—Cama 7 —contesta fríamente.
Los hombres obedecen y me encaminan hacia el espacio designado.
— ¿Para qué perdemos tiempo? —Comenta uno de ellos— Deberíamos de llevarlo de una vez a la morg…
Su compañero lo calla de un codazo.
—Eso no lo podemos decidir nosotros —volteando a verme le murmura—, aunque lo que digas sea verdad.
Sujetan mis sabanas y a la cuenta de tres me mueven de la camilla a la cama. Una vez terminada su labor se alejan sin decir más.
“Estoy sólo, estoy sólo. ¿Por qué no me atienden? ¡Atiéndanme!”
No tarda mucho en llegar un doctor y una enfermera, traen con ellos mi historial médico.
—Es un enfermo de IRC —suspira el galeno—. A veces no sé porqué los traen, sólo son una pérdida de tiempo —después le ordena a la mujer—. Enchúfelo y aplíquele lo de rigor.
Ella asiente y rápidamente noto como me coloca cables y electrodos en el pecho, manos y brazos, después enciende los aparatos que están detrás de mi cama y una serie de sonidos y mediciones en los monitores le indican mis signos vitales. Acto seguido siento como me pincha una y otra vez. En unos instantes llena mi cuerpo de agujas y catéteres, me siento como un alfiletero humano.
“Duele, duele mucho”
Sobre mi cabeza penden bolsas de líquidos en varios tamaños, todos se introducen a mi cuerpo a un tiempo y el dolor se incrementa más y más, parece que llenan de fuego y hielo a mis venas. Quiero gritar, moverme, quitarme todo eso… pero mi cuerpo no reacciona, ni siquiera puedo llorar.
“¡Dios, Dios! ¡Duele! ¡Qué me hacen! ¡QUÉ ME HACEN! ¡Déjenme salir! ¡Quiero irme, quiero irme de aquí!”—Ruego para mis adentros.
—No es posible que te dejemos salir —me contesta la enfermera—, aún no terminamos de darte tus medicinas, ni siquiera hemos hecho los recambios.
Sonríe y con un gesto ordena a los camilleros que se acerquen a mi lugar trayendo consigo una enorme bolsa de diálisis.
“Eso no está bien, nada está bien. ¡Yo me puedo dializar en mi casa! Déjenme salir, por favor.”
—Nah, como te dije: esto todavía no termina.
Hace otro gesto y con las manos sin asear, sin cubre bocas, uno de los hombres conecta mi línea a la bolsa. Quiebra la rotula y aunque no puedo observar percibo como el líquido me empieza a llenar el peritoneo rápidamente provocando que mi abdomen se infle y que fuertes espasmos me atiborren.
“Ya, por favor. Ya no puedo más”
— ¿Qué hacemos, enfermera? El líquido ya no quiere entrar.
“Gracias a Dios. ¡Ya quítenmelo!”
La mujer observa con reticencia y anota algo en su cuaderno, posteriormente palpa la bolsa un par de veces antes de ordenar:
—Presiónenla, tiene que entrar todo.
“¡Ya no, por favor! ¡YA NO!”
Mi angustia crece exponencialmente, mi desesperación es mi agonía. Los camilleros obedecen y a la par dejan caer todo su peso en la bolsa. El agua entra como torrente, presiento que mi estomago va a reventar. Todo mi dolor se agudiza, mi cabeza parece un globo a punto de reventar. La pantalla registra gráficas  a gran velocidad, el sonido bip que monitorea mi corazón se vuelve un constante feroz. Quiero gritar, quiero moverme, quiero llorar… pero mi cuerpo no responde. Mi angustia crece.
— ¡Presionen con fuerza!
Siento que mi cabeza palpita muy fuerte.
— ¡Hacemos lo que podemos! ¡El agua se regresa!
“Mi cabeza, mi cabeza.”
Quiero retorcerme, quiero vomitar.
— ¡Enrollen la bolsa! No es aceptable que el líquido no se introduzca hasta la última gota; debemos de ser eficientes, debemos de hacer nuestro trabajo, el paciente debe de entender, ¡presionen!
Una vez más la orden es acatada. Mi estomago crece, la piel se estría, la presión aumenta y casi a punto de terminar sucede lo inesperado… un sonido bip agudo y constante llena la sala entera… mi corazón se detiene.
— ¡Rápido, traigan el desfibrilador! ¡Tenemos paro cardiaco!
Todo se vuelve un pandemónium. A la comanda de la enfermera todo mundo se moviliza, oigo el silencio de los demás pacientes, los gritos de los médicos y el llanto de mis padres.
“¡No quiero morir!”
— ¡Cargando! —Dos paletas se estrellan y de ellas salen chispas—. ¡Atrás!
El médico me sacude con una carga de voltaje. Como acto reflejo, salto. El dolor es insoportable. La enfermera checa mis pulsaciones.
— ¡No hay latidos!
—Una vez más, ¡Cargando!
La maniobra se repite…
“¡¡¡NO QUIERO MORIR!!!”
… con iguales resultados. Con gestos se comunican doctor y enfermera. No hay otro intento. Mi cuerpo yace inerte.
—Ni modo —anuncia el doctor con falsa tristeza—, se hizo lo que se pudo. Avísenle a los familiares, yo estoy muy ocupado.
“No me dejen morir…”
Todos se reúnen a mi alrededor. Mis padres lloran, mi familia llora.
—Adiós…
“… por favor…”
—Te queremos…
“… por favor…”
Mi hijo se abre paso con desesperación y me abraza, grita, desgarra su garganta, me sacude.
— ¡Papi! ¡No te vayas! ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá…! Te quiero, papá…

Despierto. La oscuridad nocturna me envuelve. Estoy empapado de sudor y respiro agitadamente. Volteé a todas partes tratando de que mis sentidos se acoplaran y comprendieran que todo fue un sueño, una pesadilla. Me senté apoyando la espalda en la pared. Escuché la respiración de mi hijo, percibí la de mi esposa. Sentí como mi corazón latía desesperadamente, traté de tranquilizarme y lo logré después de un rato.
“Todo fue un sueño, cálmate, estás bien. Nada de eso es cierto, estás en tu casa, en tu habitación…”
Volví a recordar muy vivamente cada escena, cada frase. Abracé mis piernas y sin poder evitarlo mi mente volvió a vivir la angustia de mi hijo, sus palabras:
“— ¡Papi! ¡No te vayas! ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá…! Te quiero, papá…”
Escondí mi cabeza entre las rodillas y me quedé quieto, tratando de mantener mi mente en blanco, con sólo Dios observando en la inmensa oscuridad y el sonido del silencio sacudiendo mis sentidos. El tiempo pasó lentamente y, sin darme cuenta, el amanecer me sorprendió mirándolo por la ventana.
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CAPÍTULO:27 "Una esperanza de vida" 27


Ana Hidalgo

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