viernes, 2 de diciembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 25



Cuando estuve por fin en la casa de mis padres, comprendí que una etapa de mi vida comenzaba: la diálisis.
En este punto ya me había convencido de que estaba haciendo lo correcto, de que era hora de seguir avanzando con el protocolo de trasplante y dejar todas las dudas que me carcomían, en el pasado.

Después de que me operaron para colocarme la diálisis tardamos un par de días en regresar a nuestra casa ya que ésta la teníamos que acondicionar para poder tener un cuarto exclusivo para hacerme los recambios. Durante ese tiempo vivimos con mis padres. Al cambio por el que transitábamos todavía le quedaba bastante camino por recorrer.

Comencé a ser constante con mis visitas al médico y con cada medicina que me recetaba, (seguía tomando complementos alimenticios naturales, pero sin dejar mis medicamentos alópatas) seguí sus indicaciones al pie de la letra. Retomé mis exámenes de laboratorio faltantes así como de rayos x, que tenían la finalidad de observar el tamaño de mi corazón debido a que, cabe señalar, prácticamente todos los enfermos de IRC padecemos de corazón agrandado debido a la hipertensión.

Mi nueva vida era llevadera. Creo que lo más difícil era al momento de bañarme; tener que ver como de mi cuerpo colgaba la línea de transferencia, ver de qué manera salía de una pequeña ranura del lado izquierdo de mi estomago, ver mi cicatriz de la operación, tener la sensación que dentro de mi cuerpo cargaba dos litros de un liquido ajeno a él. Todo eso me hacía sentir como parte de algún experimento, como el monstruo de Frankenstein.

“Y pensar que hace unos días esta manguerita no la tenía. Y todo por dejar que me operaran. ¡Ya –reaccioné sacudiendo mi cabeza—, tranquilo! Todo es por tu bien, para poder sentirte mejor. Nomás acuérdate cómo estabas antes: la comida te sabía mal y ahora ya le tomaste otra vez sabor, ya no sientes esos calambres, y los sofocos han disminuido en cantidad e intensidad, tu aliento olía a orina y hoy ya no es tan notorio. ¡Tu calidad de vida aumentó bastante! Si no tuvieras la diálisis estarías empeorando día tras día. No te desesperes, tú tranquilo.”
Siempre traté de animarme de esta manera, aunque a veces era muy difícil conseguirlo.

Cuando me operaron, el doctor, en una de sus visitas, me otorgó una incapacidad médica la cual fue extendiendo por varias semanas hasta que me dio las instrucciones para poder pensionarme, debido a que el tiempo que requería el protocolo era bastante Y de esta manera empezamos un montón de trámites, algunos más rápidos que otros pero todos tediosos.

Mientras estuve hospitalizado por la operación de la diálisis mi madre y mi esposa tomaron el curso que dan las trabajadoras sociales para aprender a dializar en casa. La diferencia más notoria es que en el hospital usan guantes desechables estériles, y en casa se tiene uno que lavar las manos frecuentemente para evitar lo más que se pueda el contraer una infección.

La primera vez que me dializaron fue poco después de que pasara la anestesia por lo que me encontraba muy adolorido. Cuando la enfermera me conectó al sistema de diálisis y el líquido comenzó a fluir dentro de mí, experimenté dolores muy fuertes que no me permitían estar tranquilo en ninguna posición. Los mismos dolores me atacaban al drenar la solución y volver a infundir más. Afortunadamente las molestias fueron disminuyendo hasta prácticamente desaparecer según mi cuerpo se habituaba a la nueva experiencia.

Ya una vez instalados en casa de mis padres, mi esposa fue la encargada de hacer los recambios, aunque en algunas ocasiones los hacia mi mamá. Cada cual lo hacía muy a su forma de ser: mi esposa era rápida y parecía que reaccionaba por instinto; mi madre era lenta y metódica, casi como repasando mentalmente cada uno de los pasos.
Una vez conectado el catéter para estar drenando, ya era posible retirarnos los cubre bocas, y ya podían salir o entrar de la habitación ya que, como he mencionado anteriormente, el riesgo se encontraba al momento de tener la línea de transferencia, o el conector, al paciente, destapados, porque entonces podría entrar alguna bacteria y producir una peritonitis. Gracias a Dios yo no tuve problemas con eso, pero me tocó presenciar a una paciente en esta situación y fue algo muy desesperante: siempre que estaba despierta gritaba por ayuda, su abdomen se inflamó como queriendo reventar y los pocos lapsos de sueño que podía tener los pasaba como en duerme vela quejándose con sonidos cortos. Creo que desde entonces puse todavía más cuidado en mis tratamientos.
No fue necesario que pasara mucho tiempo observando cómo mi esposa o mi madre me hacían los cambios cuando me decidí a hacerlo yo, y ya no depender de nadie en este aspecto.
Creo que lo más aburrido en estos menesteres era quedarse sólo por, más o menos, media hora, por lo que traté de adentrarme en pensamientos profundos y cuestiones superiores para tratar de mantener mi mente ocupada:
“¿Por qué algunas manchas de la pared parecen rostros? Es algo raro. De hecho algunas parecieran que las hicieron con toda intención, pero no creo. Este cuarto está muy chico, lo bueno es que no soy claustrofóbico, de hecho me parece tranquilizador. Aquí casi no se escuchan sonidos provenientes de afuera. ¿Qué estarán haciendo? Espero que el desayuno, ya hace hambre. ¿Cómo va este asunto? –levanté la bolsa de drenado y vi que el líquido amarillo apenas parecía llenar un litro—. Apenas va a la mitad. Lo malo es que no puedo hacer nada para que salga más rápido. ¡Momento! Creo que a doña Mary le decían que moviera suavemente el estomago en círculos para que le ayudara a drenar, ¿lo haré yo? —Mis tripas protestaron por la falta de alimento—. Ok, ok, tu ganas, panza. Despacito y con cuidado.”
Y así comencé a agitar sutilmente mi vientre pudiendo observar que el chorro que entraba a la bolsa lo hacía ligeramente con mayor intensidad.
“¡Órale! Sí sirve. Pues como dice la canción: a mover el cu… la panza, a mover la panza ¡yeah!”
Después de unos minutos noté que ya sólo un hilillo parecía salir de la línea de transferencia.
“Yo creo que ya estuvo, ahora a echarle pa’ dentro”
Sin más preámbulos, realicé cada paso necesario para la infusión: Quebré la cánula para permitir que el aire alojado se drenara, después pincé la línea de drenaje y abrí la línea de transferencia para permitir que la solución entrara a mi peritoneo. En cuanto hice esto me asalto un fuerte dolor.
“Ahí vienes otra vez —renegué—, espero que no dures mucho, dolor. Bien, parece que… sí, ya desapareció. Cada vez duran menos y son de menor intensidad, hasta el frío que tenía, porque el cuarto es muy fresco, se dispersa por lo tibio del agua. Ahora nomás hay que esperar a que se me llene la panza y ¡a comer!”
Después de 10 minutos observé mi bolsa.
“Me lleva la fregada, ¡Apenas ha entrado la mitad! —mis tripas protestaron con más fuerza— Tú tranquila, panza, ¡yo qué culpa tengo!”
Vi que la bolsa colgaba apenas 30 cm sobre la altura de mi abdomen.
“Como dice Cantinflas: ahí está el detalle. Mejor la subo al perchero para que la gravedad haga su chamba.”
Acto seguido hice lo que me propuse y ya no tardó en vaciarse la bolsa, pero mi peritoneo resintió el cambio de velocidad provocándome dolor una vez más. Al terminar, nuevamente me coloqué el cubre bocas y me aseé para colocar el tapón MiniCap. Finalizada la maniobra, guardé la línea en el fajero que una tía me fabricó con la intención de que no se maltratara y no me lastimara por algún jalón de la manguera, y pincé ambas líneas del sistema. Salí del cuarto llevando conmigo las bolsas para pesarlas y llevar el registro de entrada / salida. Aquí es importante señalar que la cantidad de líquido que entra (2 litros) es la que debe de salir, o incluso más porque la diálisis ayuda a sacar el agua excedente. Caminé unos pasos hasta la báscula y puse las bolsas sobre ella.
“Bien, veamos. Aproximadamente 2.1 kgs y como un kilo es equivalente a un litro entonces ya cumplimos por ahorita.”
Es necesario decir que no siempre salía la misma cantidad, en ocasiones era incluso menos de dos litros, aunque, afortunadamente, en el siguiente recambio lograba salir más de lo habitual, de hecho en alguna ocasión casi complete los tres litros. En fin, una vez anotados los datos en la bitácora, me encaminé al patio y deposité la bolsa en el suelo, abrí las pinzas para permitir que el líquido drenara hasta el desagüe. No pude evitar que el olor me impregnara el olfato.
“¡Ah caray! ¡Qué feo huele! Por el color amarillo y el olorcito cualquiera diría que es orina. Bueno, de cierta forma lo es.”
Cuidé que la bolsa quedara de tal forma para que no fuera a originar algún accidente y me dirigí de vuelta al interior de la casa. Mi labor estaba cumplida, al menos hasta las próximas cuatro horas.

Como ya lo he expuesto, en este punto ya me encontraba en total acuerdo con los pasos a seguir en el protocolo de trasplante, y si bien mis dudas no fueron resueltas en su totalidad, al menos sí comprendí lo qué tenía que hacer para continuar tratando de obtener una mejor calidad de vida.
Al llegar a la mesa, y después de asearme las manos, saludé nuevamente a mi mamá y a mi mujer. Ya estaban desayunando y fue esta última quien habló.
—Te esperamos un rato pero como te tardaste nosotras empezamos a comer, ¿verdad señora?
—Está bien, por mi adelante —comenté.
—Siéntate, hijo. Ahorita te sirvo.
—No, madre. Usted continúe comiendo, yo me sirvo.
Agarré un plato de la alacena y me serví frijoles fritos de la cazuela de la estufa. Me senté y vi que en medio de la mesa descansaba un molcajete rebosante de salsa martajada de jitomate con chile verde. No dudé en servirme una generosa porción a regañadientes de mi esposa, quien me recordó que parte de mi dieta era no comer cualquier tipo de picante. Terminé la discusión alegando que tenía muy poco chile y que además sólo era para darle sabor a la salsa. Comencé a comer con gran apetito mientras ella me veía con ojos de “esta noche vas a dormir en el baño”.
— ¿Cómo te has sentido, hijo?
—Mejor. La verdad es que sí parece que la diálisis me está ayudando. Ya tengo más hambre y la comida me sabe bien. Recuerdo que antes simplemente veía los alimentos y parecían darme nauseas. La verdad no puedo explicarlo, pero creía que la comida cambiaba su sabor habitual. Lo bueno es que ya pasó.
—Pero ya te sientes bien, ¿verdad?
—Sí, ya no es como antes, pero tampoco es como hace algunos años.
—Ay, ya hablas como viejito —se sonrió.
—Sonará raro pero es verdad. Hace un par de años todo era diferente. De hecho a veces…
— ¡Papi! —Entró mi hijo corriendo y me abrazó con gran ánimo.
— ¡Chaparro! ¿Dónde andabas?
—Viendo la tele.
— ¿Ya desayunaste?
—Ya —interrumpió mi esposa—, fue el primero que se levantó.
— ¿Y qué estás viendo?
—A Chabelo. Vente, vamos a verlo.
—En un ratito voy, todavía no termino de comer.
— ¡Pues córrele! —me tomó del brazo y lo jaló ligeramente.
—Deja que tu padre coma —dijo su mamá. Mi niño hizo un gesto compungido y me miró con grandes ojos.
—Mira, nomás termino y voy contigo. Ya sabes que me gusta ver la catafixia, ¿de acuerdo?
—Sí —contestó sin animó y se retiró a la sala.
— ¿Y mañana qué van a hacer? —preguntó mi mamá.
—Seguir con el papeleo. Falta terminar lo de la pensión provisional y llevar los papeles al seguro. Tú me vas a acompañar, ¿verdad?
Mi esposa asintió externando su opinión.
—Y con lo mal que me cae hacer filas y la pérdida de tiempo…
—Pues ni modo, las cosas se tiene que hacer. Hay que armarse de paciencia. No creas que a mí me gusta mucho la idea, pero así ya no tendré que ir con el doctor para que me dé incapacidad cada mes.
—Nomás con que no nos pongan muchas trabas…
—Ya veremos. Todavía no empezamos así que no te aceleres.
— ¿Y ahora cuál es el siguiente examen que te van a hacer, hijo?
Mi ánimo acaeció así como mi apetito. Contesté agachando más la cabeza.
—El cistograma miccional.
— ¿Es el de la manguerita que te tienen que poner?
—Es un catéter que se coloca a través del pene y llega hasta la vejiga, ahí se le pondrá un líquido de contraste y le tomarán radiografías—aclaró ella.
—Sí, es ése.
Mi madre me miró algo preocupada al confirmarle las palabras de mi mujer.
— ¿Y para qué sirve ese examen?
—Es para saber si mi vejiga tiene el tamaño suficiente para alojar el injerto.
—Acuérdese que el riñón va aquí —la mujer más joven se acarició la parte baja derecha de su estomago—. No le van a quitar alguno y luego reemplazárselo —después agregó dirigiéndose a mí—. Vas a tener tres riñones ¿verdad?
—Sí, pero sólo va a funcionar correctamente el injerto, si todo sale bien. Los otros dos ayudarían un poco a mi organismo, dependiendo qué tanta función les quede.
—Todo va a salir bien, hijo. Encomiéndate mucho a Dios y no pienses cosas negativas. Dicen que la mente y el cuerpo están muy conectados y que si piensas cosas que te oprimen, tu cuerpo lo resiente.
—Eso es cierto —mi esposa sonrió—. Yo le he dicho eso muchas veces pero no me hace caso. Continuamente anda pensando en lo que pasaría en la operación, y que si el riñón no le “pega” y cosas como esas. Yo le digo que se repita una y otra vez que todo va a salir bien, pero no me hace caso. Ya está predispuesto a que algo malo va a pasar.
—No es eso. Siempre trato de creer, de ser positivo; pero a veces no puedo. Soy realista: los riesgos son muchos. Los doctores nos han dicho que es posible rechazar el injerto…
—Pero no andes pensando en eso —interrumpió—, sólo provocas que tu mamá se ponga nerviosa.
—Mejor ya no pensemos en el examen —mi madre acertó en su comentario— y terminemos de comer.
Así, el desayuno continuó sin más debates acerca de la enfermedad.

Al siguiente día mi esposa y yo nos embarcamos en el montón de trámites a realizar para que me pensionaran, y aunque teníamos tiempo para hacerlos, éste se nos limitaba por los recambios que me debía hacer. Incluso en un par de ocasiones ella tuvo que quedarse haciendo fila o esperando turno mientras yo me regresaba a hacerme el cambio de solución. Una vez terminado volvía a donde ella me esperaba para recogerla o seguir con más tareas. Pero al fin, después de algunos días, varias idas y venidas, largas filas y montones de papeles, me entregaron mi tarjeta de pensionado y me dieron instrucciones de acudir a un banco de su elección a abrir una cuenta de debito en donde me transferirían mis pagos.
Cabe señalar que en este periodo logramos acondicionar la casa para poder hacerme las diálisis: mandamos hacer el closet que separa las habitaciones de mi hijo y la nuestra, cambiamos su cuna a nuestra recamara y en su lugar dejamos la cama individual que perteneciera a mi tía Nila (qepd), dejamos una silla de plástico y un perchero del mismo material. La ventana se cubrió con unas cortinas sencillas. Las puertas las fabricó mi primo Uriel. Para apoyarme en la limpieza sólo fue necesario tener a la mano un par de cubetas: una vacía y la otra con agua limpia, y complementaba con una barra de jabón neutro y una toalla que se cambiaba constantemente.
Nos adecuábamos al cambio en nuestro hogar tratando de hacerlo más confortable acomodando muebles, haciendo repisas, etc. Incluso comencé a introducir algunos libros en mi cuarto para distraerme mientras me hacia la rutina de la diálisis. Pero nada de lo que hacía para matar el tiempo durante la soledad de los recambios lograba quitarme de la mente las palabras del nefrólogo ni el examen que se realizaría próximamente.
—Muy bien. El siguiente examen a realizar es el cistograma miccional.
Él tomó unas hojas y comenzó a anotar la orden para la realización del análisis, yo lo miré fijamente mientras hacia su trabajo al tiempo que, en mi mente, trataba de encontrar el significado de las palabras con las que describió el examen, mas no supe a que podría referirse por lo que le pregunté:
— ¿Para qué es ese examen, cómo se hace?
El galeno dejó de escribir y me miró atento mientras me describía el proceso.
—Este examen sirve para saber si tu vejiga tiene el tamaño suficiente para poder colocarte el injerto, porque éste no va en lugar de alguno de tus riñones enfermos —aclaró—, si no que se coloca en esta área —señaló su bajo vientre con ambas manos, exactamente a un costado de donde tenemos la vejiga—, en este preciso lugar es ideal ya que se puede “conectar” a las venas y arterias que pasan por este sitio, y el uréter, que es por donde el riñón desemboca la orina, por parte del órgano donado, se “conecta” a la vejiga sin ningún problema y de esta forma la orina se desecha de forma normal.
— ¿y cómo se hace? —reiteré mi duda.
El galeno frunció la boca y suspiró ligeramente antes de darme su explicación.
—El proceso consiste el introducir un catéter muy fino por la vía urinaria, e inyectar un líquido de contraste mientras se te toman unas placas, las cuales nos darán la medida de tu vejiga.
Me quedé sorprendido por sus palabras
— ¿Por la vía urinaria?, ¿a qué se refiere? —aunque la respuesta era clara, tenía la esperanza de que se tratara de una forma diferente a como la entendía.
—Se introducirá el catéter por el pene hasta llegar a la vejiga para poder soltar el líquido que nos permitirá hacer las lecturas necesarias.
“Me van a meter un catéter por el pene —reflexioné—, un tubo. Debe de ser muy blando y fino para que pueda entrar, pero ¿si no es así? ¿Si el catéter es grueso y rígido? —sacudí mi cabeza violentamente—. ¡No quiero que me hagan nada!”
Me quedé sentado en el aislamiento de la habitación. Vi la hora en mi reloj: pasaban de las diez treinta de la noche, me di cuenta de que perdí la noción del tiempo. Observé la bolsa de solución: estaba vacía y seguramente llevaba mucho tiempo así. Por último hice un recuento de lo que leí en este tiempo. Agarré el libro Nietoschka Nezvanova - Noches Blancas de Fiodor Dostoievski que comprara años atrás y traté de recordar en que frase o párrafo me había quedado, pero mi mente estaba en blanco. Leí varias páginas pero de ninguna recordaba algo. Al fin opté por colocar el separador en la página donde lo dejara en la tarde cuando me realicé el tercer recambio del día. Terminé con la labor de la diálisis, acomodé mis cosas y fui al baño a terminar de prepararme para dormir. Apagué las luces y entré a mi recamara; todo estaba en una quietud tranquilizadora. Mi esposa e hijo dormían plácidamente. Escuché sonidos de voces en la calle y me asomé por la ventana; eran unos vecinos que parecían estar celebrando algo. Noté que varias botellas de refresco estaban junto a ellos así como una botella de tequila a la mitad. Platicaban muy animadamente, a grandes risotadas. Dejé caer la cortina que se deslizó suavemente frente a mí. Rodeé la cama y le di un beso a mi hijo en la frente. Abordé mi colchón y besé a mi mujer en la mejilla. Me acosté, cerré los ojos, y no supe cuanto tiempo pasó hasta que me dormí.

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CAPÍTULO 26: "Una esperanza de vida" 26

Ana Hidalgo

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