martes, 22 de noviembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 24

Padre e hijo ©Macarena González Muñoz.
Su uso es puramente ilustrativo
Una nueva etapa en mi vida comenzaba y gracias a Dios esta vez me sentía con fuerzas y ánimos de afrontar mi situación, aunque no negaré que al verme mis heridas y observar más detenidamente el catéter que salía de mi estómago, me desesperé un poco, pero me reconfortaba pensando que esa manguerita me servía para vivir mejor.

La recuperación se fue dando rápidamente y mis heridas cicatrizaban sin problema, pero aún me dolían un poco si realizaba movimientos bruscos y peor si me reía.

En cuanto pude moverme sin demasiada dificultad fui, junto con mi esposa, a una iglesia a agradecerle a Dios el que todo saliera bien, aunque en el fondo aún no me hacía a la idea del trasplante y, de agradecimiento, pasó a ser interrogatorio:
“Señor —me arrodillé y oré en silencio—, te doy las gracias por permitirme estar aquí, por ayudarme a recuperar un poco la salud que mi enfermedad me quita. Ayúdame, ayúdame a superar todo esto, todo por lo que estoy pasando, por esta enfermedad tan horrible que me debilita en demasía y quiere robarse mi vida… Señor, ¿por qué me pasó esto a mí?, ¿en qué me equivoqué?, ¿porqué permitiste que me sucediera esto? Ahora, ¿qué va a pasar conmigo?, ¿qué voy a hacer? ¿Qué quieres de mí…? —cerré los ojos y me oculté el rostro con ambas manos. Volví a experimentar la sensación de vacío, de desesperación como lo hiciera el día cuando se me reveló mi padecimiento—, ¿por qué?”


Al término de la misa, mi esposa y yo nos dirigimos a la casa de mis padres donde me aguardaba la sorpresa más hermosa que podía desear: alegremente y con los brazos abiertos, me esperaba mi niño.
— ¡Papi!
Dio un grito muy fuerte y corrió hacia mí con esa luz que sólo la inocente alegría puede brindar. Nos abrazamos mutuamente, con mucha fuerza. Me besó las mejillas varias veces y yo lo correspondí de igual manera. En mi pecho se asentó un suave calor que hacía tiempo no experimentaba.
Y así fue que Dios, en la forma de ese hijo quien llegó corriendo muy sonriente a mí abrazándome y besándome con gran entusiasmo, contestó a todas mis interrogantes, y nuevamente di gracias al Señor.
“Gracias por mi enfermedad. Gracias, Dios, por ser yo quien la padece y no mi niño, mi esposa, padres o hermanos. Te agradezco, Señor, con todo mi corazón, con todas las fuerzas que mi alma puede dar, que mi hijo esté sano y que me permitas verlo jugar y reír y reflejarme en estos pequeños ojos, tan brillantes y llenos de la hermosa vida que a todos nos das, y darme cuenta que lo más grande y valioso que tengo, me está abrazando en este momento.”
Yo aún no sé qué será de mí más adelante pero, ¿quién lo sabe? ¡Nadie! Nadie tiene la certeza de lo que le va a pasar mañana o en un año… y eso es estupendo, porque tenemos así el regalo de la esperanza en cada día que vivimos.


Por mi parte, sólo le pido a Dios que me dé valor y fuerza para afrontar lo que venga, y resignación para aceptarlo.
No me puedo rendir, no me debo dar por vencido, tengo que seguir adelante por mi hijo, para poder verlo crecer y estar ahí para él hasta que Dios quiera... y espero que quiera permitirnos vivir con salud por muchos años.
No hay de otra, tenemos que seguir adelante como ya lo dijo un hombre que hace más de dos mil años piso la tierra, trayéndonos un gran mensaje a todos los seres humanos:
“Échale ganas, mi hermano, porque sí tú lo haces, yo también por ti lo haré.”

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CAPÍTULO 25 - "Una esperanza de vida" 25


Ana Hidalgo

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