martes, 15 de noviembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 23

Alba de Muniellos ©Mamel San Juan.
 Su uso es puramente ilustrativo.
Ya era de noche cuando mi compañera regresó a su cama. Dos camilleros y su hija la ayudaron a recostarse mientras ella se quejaba de sus dolores, del ardor de sus heridas. Toda la noche la pasó de ésta manera.

Al día siguiente, doña Mary casi no estuvo despierta; la desvelada y la operación le habían minado sus fuerzas.

En la visita habitual de las mañanas, el doctor me informó, y puso al tanto a la enfermera, a mi esposa y a mi madre (quienes me acompañaban en ese momento), de mi alta del hospital. Me alegré al escuchar sus palabras pero también me sentí algo nervioso, intranquilo acerca de cómo serían las cosas ahora que mi vida era diferente.

Durante el tiempo que pasé en el área de diálisis, mi madre y mi esposa tomaron un curso especial para saber dializarme efectivamente y disminuir los riesgos de infección.
A media tarde me dieron los papeles que indicaban el proceso que había vivido y la forma en cómo respondió mi cuerpo a la operación y a los recambios iniciales. Me dieron unas recetas para cambiarlas por los medicamentos que el doctor me indicaba, y otra más con la cantidad de bolsas para diálisis que ocuparía llevarme mientras se hacían los trámites necesarios para que la compañía que fabricaba la solución me fuera a surtir directamente a mi casa.
“Por fin —pensé—, ya podré ir a casa, espero que todo siga como hasta ahora —me miré el brazo canalizado—. Ya sólo falta que me quiten esto, espero que no sea muy doloroso.”
Mis temores estaban fundados en que soy de brazos con vello algo abundante, y como ya había mencionado, el catéter estaba sujeto a mi piel en el canto de la muñeca izquierda, abarcándola casi toda con cinta adhesiva sedosa, la cual se adhiere muy bien, y para quitármelo habría que, de alguna forma, remover buena parte del vello.


Como si la llamara con el pensamiento, la enfermera llegó con el carrito que contenía el instrumental y el equipo que ocupa para cuidar a sus pacientes.
—Ya te vas ¿verdad? —Me preguntó mientras se colocaba unos guantes e impregnaba un algodón con abundante alcohol.
—Sí, ¿usted me va a retirar esto? —Le mostré mi brazo.
—Así es.
Sujetó mi muñeca y la estudió rápidamente. Después, me la empapó con el alcohol y me talló por un par de segundos. Al terminar, empuñó el algodón y tomó una de las orillas de la cinta adhesiva. Al ver lo que estaba a punto de hacer, quise decir el viejo chiste:
—La depilada es gra-¡aaaaahh!…
Exclamé debido a que la chica dio el tirón sin esperar a más y lo hizo rápido y de un solo paso. El dolor me llegó hasta la cabeza provocándome varias lágrimas y una intensa jaqueca.
—La depilada es gratis —me dijo mientras se le adivinaba una sonrisa detrás del cubre bocas y me presionaba el conducto que me dejó el catéter—. Eso es todo. Presiónate aquí por unos minutos.
Traté de hacer lo que me pidió, pero no pude. Mi brazo derecho sirvió para cubrirme la cara y tratar de calmar la migraña debida al desalojo del catéter.
“Hija de…” —no creo que sea necesario completar esta frase, la cual rondó en mi mente por un largo rato. Sólo diré que me acordé mucho de la enfermera y de su ascendencia materna, hasta como por la quinta generación. Pero he de anotar que sólo lo hice por el dolor del momento, ya que todas las enfermeras que me hicieron el favor de ayudarme, me atendieron de buena manera, amables y serviciales.


Rato después, una vez recobrado del dolor, y ya que vi que la sangre dejó de salir de mi muñeca, me levanté de la cama y me alisté para salir, pero al dar unos cuantos pasos me mareé otra vez por lo que mi esposa pidió una silla de ruedas para poder trasladarme a la salida.
Mientras esperábamos nos despedimos de las mujeres que se quedarían solas en aquella habitación. Sólo teníamos palabras de consuelo y apoyo.
—Las tendremos muy en cuenta en nuestras oraciones —dijo mi mamá—. Recuerden que Dios es muy grande y que para Él no hay cosa que sea imposible.
—Además —agregó mi mujer—, nada ocurre sólo porque sí; las cosas siempre pasan por algo. Dios nos tiene escrito nuestro sufrimiento y nuestra recompensa. El camino que seguimos ya está trazado.
La señora Mary, como respuesta, dejó brotar algunas lágrimas y sonrió en silencio, su hija agradeció las palabras de mi madre y la estrechó en un abrazo sincero.
—Ánimo, doña Mary —concluí—, todo va a salir bien. Les deseo lo mejor a ambas.
—Gracias —contestó la hija mientras que su madre asentía mientras continuaba llorando.
Sonreí con timidez al tiempo que llegaba el camillero. Me levanté y acomodé en la silla. Mi madre, mi esposa, el camillero y yo salimos de la habitación.
Volteé por última vez al interior del cuarto: la luz entraba diáfana a través de las ventanas. Doña Mary descansaba en su cama mientras que su hija la arropaba delicadamente con su siempre tierna sonrisa. Pareciera que un halo de luz rodeaba a aquellas mujeres. La habitación casi parecía resplandecer. Respiré profundo. Me sentí conmovido con la escena. 


Poco después salimos del hospital y lentamente me levanté de la silla. El camillero se despidió mientras mi esposa conseguía un taxi, el cual abordamos junto con las bolsas de diálisis que el chofer nos hizo el favor de guardar en su cajuela, para dirigirnos a casa de mis padres donde ya se preparaban para recibirnos, y al decir “preparar” me refiero más bien a “adaptar” la casa debido a que, como era necesario un lugar exclusivo, libre de muebles que pudieran albergar polvo o mugre, donde pudiera hacerme los recambios, mi padre, junto con mis hermanos y un par de vecinos, desalojaron un cuarto, y además le colocaron unas mamparas para separar un poco mejor la cama y la silla que me servirían de mobiliario, ya que la habitación era algo amplia.
Al entrar a la casa, todos me saludaron y me cuestionaron acerca de mi salud, yo contesté que me sentía bien y, una vez terminada la labor que realizaban, les di las gracias a todos.


Poco después mi esposa fue por mi hijo, quien se hallaba en la casa de su abuela materna, y fue hasta entonces que pude mirar nuevamente a mi niño de dos años, quien se encontraba muy desconcertado al verme nuevamente porque pasaron varios días sin que lo hiciera y, ahora que estaba frente a mí, parecía tener algo de timidez al acercárseme. Me saludó como si fuera un extraño, una persona ajena a él. Me entristecí bastante pero no quise forzarlo a que me diera el abrazo que tanto anhelaba de su parte, que tanta falta me hiciera cuando estuve hospitalizado, que me ayudara a borrar esa extraña soledad que aun sentía en mi interior.

https://www.facebook.com/librounaesperanzadevida

CAPÍTULO 24 - "Una esperanza de vida " 24

Ana Hidalgo

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