jueves, 10 de noviembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 22



Una tarde, el día antes de que me dieran de alta, la doctora que seguía el caso de mi compañera llegó al pie de su cama y estudio los resultados que le habían realizado anteriormente. Con una sonrisa más bien forzada, le dio la mala noticia:
—Hola, doña Mary, ¿cómo está?          
—Pues bien, aquí esperando a ver qué va a pasar conmigo –sonrió con tristeza en los ojos, como presintiendo algo malo.
—Sí —agachó la vista y hojeó los papeles una vez más, acto seguido miró fijamente a la mujer encamada—. Mire, doña Mary, los estudios que le hicieron nos indican que su catéter no se ha querido acomodar adecuadamente, y la forma en que permanece ahorita obstruye la salida de la solución de diálisis. Hemos tratado de hacer que se acomode para que haga su función libremente, pero esto no se ha logrado por lo que, me temo, vamos a tener que operarla nuevamente para cambiarle el catéter.
Sus palabras trataron de ser reconfortantes pero en los rostros de madre e hija se pudo ver la desilusión y la pesadumbre que las cobijaba.
“Dios mío —pensé—, operarla otra vez, volver a sufrir todo ese proceso por el que acaba de pasar… ayúdala, Dios.”
Recé una plegaria silenciosa por ella, pero no tuve el valor de verla a los ojos.


Más tarde, ya casi para anochecer, llegó la misma doctora trayendo consigo las formas donde la persona acepta que le intervengan quirúrgicamente. Doña Mary sujetó la pluma y gruesas y abundantes lágrimas salieron de sus ojos mientras firmaba los papeles que le ayudaba a sostener su hija, quien trató de ser fuerte para ella, brindándole palabras de consuelo. Todos los demás presentes guardamos silencio.

La doctora se retiro cabizbaja y poco después un par de enfermeros entraron con una camilla y ambos ayudaron a que la señora Mary se acostara sobre ella y así, con un inconsolable llanto, salieron los hombres, madre e hija de la habitación que compartían conmigo, para perderse rápidamente por el umbral de la puerta. Volteé a mi izquierda y vi la cama vacía, después giré la cabeza en sentido contrario y observé cómo mi madre permanecía callada, con la mirada fija en mí, seguramente pidiendo por la mujer que volvería a vivir el dolor de sus heridas. Cerré los ojos y por un largo rato oré pidiendo por doña Mary, para que todo saliera bien y para que tuviera las fuerzas para salir adelante… a la vez que, tal vez un poco de forma egoísta, pedía lo mismo para mí.

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CAPÍTULO 23 - "Una esperanza de vida" 23



Ana Hidalgo

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