lunes, 28 de noviembre de 2011

Un paciente cuenta en ABC su "lucha a muerte contra la E.Coli"



Miguel Txoperena recuerda muchas fechas. Es normal, porque en los últimos seis meses se ha sentido morir y vivir varias veces. Sobre todo recuerda el pasado 10 de mayo. Ese día estaba en Hamburgo, en viaje de negocios, y cenó con cuatro compañeros a la orilla del Elba. Comió un plato de carne picada con una guarnición no muy abundante formada por algunas verduras entre las que se mezclaban varios brotes de soja. «Era una pequeña ensalada decorativa», dice.

Cuando abandonó el restaurante no era consciente de hasta qué punto había cambiado su vida. Miguel, zarauztarra de 43 años, químico que trabaja en una multinacional y aficionado a los deportes, pesaba entonces 72 kilos. Ahora, en la habitación del ospital Donostia donde se recupera de su cuarta operación, su peso es de 54 kilos. Su caso, aunque no su identidad, llegó a los titulares. «Un guipuzcoano, en estado grave por el posible primer caso de E.coli en España», informó la prensa. Algo en aquel plato que cenó le había inoculado una bacteria que entre mayo y julio mató a decenas de personas en Alemania e infectó a miles en Europa y Norteamérica.

Mientras las autoridades alemanas achacaban el brote al pepino español y más tarde a la soja de una granja ecológica de Bienenbüttel, Miguel se debatía entre la vida y la muerte. El pasado miércoles regresó al hospital, de donde ha entrado y salido en varias ocasiones, para ser operado de nuevo, y no sabe si tendrá que ser intervenido otra vez. Lo que sí sabe es que quiere contar lo que le ha sucedido para lanzar un mensaje de agradecimiento y optimismo. «No quiero que esto sea un drama, he vivido 43 años maravillosos y quiero vivir otros 43 años maravillosos».

La bacteria «Escherichia coli» tardó una semana en hacerse notar en su cuerpo, y lo hizo de forma virulenta. Regresó de Hamburgo con la intención de volver a viajar días después a Praga. El 17 de mayo, mientras esperaba el avión en el aeropuerto de Loiu, comenzó a sentirse mal, pero el malestar no era tan grande como para hacerle desistir de su viaje. Fue al llegar a su destino cuando se produjo «la explosión».
 «Comencé a sangrar por el ano constantemente y tenía unos impresionantes dolores de estómago», recuerda. Tras una breve estancia en un hospital checo, regresó urgentemente a Zarautz, desde donde el día 20 ingresó en el hospital Donostia. «Volví como pude, el viaje de vuelta fue una odisea», señala Mikel, cuya descripción de sus esfuerzos para controlar su hemorragia se parece mucho a una pesadilla.

«Bolas de sangre»

Los médicos no detectaron inmediatamente la causa de los padecimientos de Miguel. Hacía años había sido intervenido por un melanoma maligno y entraba dentro de lo posible que sus síntomas obedecieran a un tumor. El único que en ese momento sospechaba lo que le ocurría era él. «El síndrome hace que la sangre se autodestruya. Cuando los médicos me examinaban veían por todas partes tumores que resultaron ser bolas de sangre, pero yo estaba convencido de que era por algo que había comido», explica.

Miguel cuenta su historia en su habitación del hospital Donostia. Un catéter dosifica las dosis de calmante necesarias. Está muy delgado y se desplaza con lentitud cada vez que se incorpora para sentarse en una silla. La primera vez que le operaron su estado era tan grave que apenas le quedaban horas de vida. Era un futuro tan corto como sus esperanzas. «Me dijeron que si se confirmaba que tenía un tumor me volverían a cerrar porque no había nada que hacer, y si tenía otra cosa intentarían salvarme». Cuando regresó del quirófano tenía varios segmentos del intestino menos. Le habían extirpado parte del colon. Era E.coli.

Se despidió de su familia

«Se encuentra en la UCI, sedado, y no se descarta que surjan complicaciones debido a su débil estado de salud», dijeron los médicos en rueda de prensa. Ajeno al interés que despertaba su caso, Miguel llegó a despedirse varias veces de sus familiares. De aquellas despedidas, cuando todos, incluso él, creían que iba a morir, recuerda «la tristeza interna por lo mucho que dejaba aquí», pero también «mucho sosiego, una paz interior enorme por haber tenido la suerte de disfrutar de una gente tan maravillosa». Y también recuerda la separación de su mujer en julio, «que ha complicado mi lucha límite», y a su hija Arrate, de un año de edad. «Si salgo adelante es porque cada latido de mi corazón me lo da ella», subraya.

A la primera intervención quirúrgica le han seguido otras tres. «En las dos primeras luchaba por sobrevivir y era lo único que importaba, en las otras dos el sufrimiento físico quizá haya sido mayor». Miguel llegó a ver algo parecido a esas luces de las que hablan las personas que han regresado de la muerte.
«El 12 de mayo deambulé al doble de velocidad de Fernando Alonso por una autopista recta de tres carriles que estaba iluminada a tope. Ese día vino mi familia y tardaron en convencerme de que había que seguir luchando. Cuando me hablaban yo creía que me estaban quitando los órganos para donarlos».

«Relegado por las administraciones»

Miguel Txoperena y la atleta vallisoletana Elena Espeso fueron los únicos ciudadanos españoles afectados por la bacteria. La deportista tuvo mucha más suerte, ya que pudo recuperarse por completo. Cuando comenzaron los primeros casos, el zarauztarra recibió llamadas de los gobiernos vasco, central y alemán, pero el interés oficial se ha diluido.

«Me siento algo olvidado, pero lo entiendo porque solo soy una persona y sé que si fuéramos muchas me harían más caso». Miguel, que espera los efectos de una intervención que nadie sabe si será la última, guarda silencio, se lo piensa dos veces y continúa: «No nos regimos por los mismos valores que antes, sobre todo en la forma en que los gobiernos tratan a los seres humanos. Hoy solo se miran los intereses económicos».
*Publicado en "ABC"

 Fuente:   Noticias de Salud. Blog



Ana Hidalgo

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