domingo, 30 de octubre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 20

Enfermera ©PEDRO JOSE IBAÑEZ TORRES.
-Su uso es puramente ilustrativo
Mucha gente me visitó mientras estuve en cama, prácticamente tenía compañía todo el día, ya fueran mis padres y hermanos, mi esposa, tíos, primos, abuelos y amigos. A ellos y a todos los que se acordaron de mí en sus oraciones, les doy las gracias, porque, ¿saben?, las cosas materiales se pueden pagar pero, ¿cómo pagarle a alguien que, de buena fe, eleva una oración al cielo pidiendo por ti?.
Todas estas personas me daban ánimos y fuerzas para seguir adelante, algunos con palabras, otros con su presencia, todos con sus oraciones.

Era domingo por la noche cuando la enfermera en turno se acercó a mí.
— ¿Dónde tienes tu catéter? —Me preguntó.
—No me han puesto —sonreí—, me han estado dando pastillas.
—Bueno, te tendremos que poner uno.
Cabe decir que hasta ese momento no me la había pasado tan mal en aquel lugar: como ya he mencionado, tenía compañía las 24 horas, los doctores me visitaban poco y no parecía haber nada más de qué preocuparse aparte de la operación; la comida era suficiente en cantidad aunque algo regular en calidad; podía caminar por los pasillos y refrescarme y asearme sin ningún problema, pero la “comodidad” no es eterna. Al decirme la enfermera que me canalizarían, sentí que mis piernas me hormiguearon y, aunque traté de mostrarme estoico, en mi pensamiento sólo tenía frases como:
“Me lleva la chin… ¡Tan a gusto qué estaba! Pero no, ¡Ah, no! Aquí no lo pueden ver a uno tranquilo. Como es un hospital piensan que los pacientes tenemos que sufrir si no, no tendría chiste estar aquí. ¡Además, yo no quería venir!”


La enfermera terminó de preparar su material, tomó mi mano izquierda y me dio un par de golpecitos a la altura del canto superior de mi muñeca, y me avisó que comenzaría a realizar su labor con las palabras “sólo es un piquetito”. Al escucharla, “extrañamente” volteé hacia el lado opuesto a ella y una casi imperceptible mancha llamó mi atención. Traté de hallarle figura.
“¿Será una mariposa? ¿Tal vez un perro? ¿Una nube viajera? ¿Quizás…?”
Un agudo dolor interrumpió mis pensamientos. Sentí cómo la aguja rasgaba mi piel y se adentraba en mi vena. Mi mente se quedó en blanco por tiempo indefinido, después la mujer de bata blanca me dijo que eso era todo y se retiró, dejando el pequeño tubo pegado a mí por medio de cinta adhesiva; era un catéter ambulatorio, el cual contenía heparina, medicamento que evita que se tape la aguja por causa de algún coagulo. Yo, valientemente, no permití que las lágrimas salieran de mis ojos, sólo se agolparon en mis párpados mientras una frase corta afloraba en mis labios:
—Ay.


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CAPÍTULO 21- "Una esperanza de vida" 21


Ana Hidalgo

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