viernes, 14 de octubre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 17



Al día siguiente fui a la clínica que me corresponde para ver si me podían dar pase para el hospital. Afortunadamente, una vez que el doctor revisó mis análisis y me examinó físicamente, no hubo mayor problema.
Recuerdo que al momento de tomar mi presión, el hombre de blanco, de complexión delgada, de cabello cano y barbado, me miraba una y otra vez con unos ojos de intriga y algo de frialdad. Pude adivinar un cierto resentimiento en su mirada y posteriormente en sus palabras.
— ¿Cómo supiste de tu enfermedad? —Me preguntó.
Lo miré fijamente mientras le contaba mi historia.
—Un primo enfermó y necesitaba sangre. Quise ir a donar pero al hacerme las pruebas previas la enfermera me descubrió anemia y me derivó con mi médico familiar quien, a su vez, lo hizo al hospital. Me practicaron algunos exámenes más hasta que el nefrólogo me dijo lo de mi insuficiencia renal y del trasplante.
— ¿Cómo te has sentido?
—Bien —encogí los hombros.
— ¿Te da coraje?
— ¿Qué?, —cuestioné con algo de recelo.
—Tu enfermedad.
—No —negué algo desconcertado.
— ¿No sientes coraje, rabia por lo qué te pasó?
—Pues, no.
— ¿Qué sientes? ¿Impotencia porque no puedes hacer algo para ayudarte a sanar?, —especuló.
—Sí, un poco —un bastante en realidad.
— ¿Estás enojado con Dios, con la vida, por lo que estás pasando?, ¿lo cuestionas?, ¿le tienes coraje?
—No, eso no —moví la cabeza negativamente.
— ¿Has pensado en “por qué yo y no alguien más”?
—Realmente, no.
— ¿A quién culpas de tu enfermedad?
—A nadie —contesté con firmeza, aunque en cierto momento mis palabras me sonaron huecas—. No creo que esto sea culpa de algo o alguien, simplemente me sucedió a mí, y ya. No me gusta por lo que estoy pasando pero, ¿ya qué más puedo hacer? Ya estoy aquí —entristecí un poco—, ahora sólo me queda seguir hasta donde me sea posible.
El galeno no dijo más. Terminó sus papeles y me dio los que necesitaba para que me dieran cita en el hospital.


Un par de días después, junto con mi esposa, conseguí que me reiniciaran mis citas con el nefrólogo quien, al ver mis estudios, me dijo que ya no había otro camino más que dializarme para mantenerme estable mientras se completaba el protocolo para el trasplante. Al entrar a su consultorio y verlo de reojo, me sentí como el alumno fracasado frente a su maestro, como el hijo prodigo que regresa con el rabo entre las patas. El doctor no mostró emoción. Con el tiempo me daría cuenta que yo no fui ni el primero ni el último en dejar el protocolo por tratar de conseguir evadir la cirugía. Sin palabras de reproche, el médico comenzó su consulta:
—Tenemos que dializarte para así poder continuar con los exámenes —dijo con determinación—. Hay que realizar muchas pruebas y eso es tardado, pero la última palabra la tienes tú. Si no quieres la diálisis —se encogió de hombros, cerró los ojos y movió la cabeza rápidamente, como temblando—, bueno, los riesgos ya los conoces. No eres la primera ni la última persona que sufre de esta enfermedad. En mi experiencia como nefrólogo he tratado desde bebés, hasta adultos. La IRC es un padecimiento muy común en México. El IMSS ya tiene casi 25 años de experiencia en trasplantes renales. En fin, nuevamente te pregunto, ¿quieres continuar con la diálisis o no? La respuesta sólo la tienes tú.

Miré al doctor y luego bajé la vista, afirmé con la cabeza sin decir palabra. Él, al entender mi aprobación, tomó unos papales y comenzó a escribir mis datos para internarme ese mismo día, era un viernes.

Al salir del hospital me sentí derrotado, sin ánimos de seguir adelante pero con la convicción, al fin, de qué era lo que tenía que hacer.
Abordamos nuestro carro y nos dirigimos a casa. Prácticamente no hablamos en el camino, únicamente tratamos de ponernos de acuerdo en lo que teníamos que hacer y en cómo lo haríamos.


Ya en nuestro hogar alistamos las cosas; papeles, ropa y artículos para mi aseo personal que necesitaría en el hospital, y les avisamos a mis papás lo sucedido.
Mi madre insistió en acompañarnos al nosocomio. Más tarde, y como pude, le expliqué a mi hijo la situación. Lo hice de manera muy sencilla y tratando de no provocarle angustia. Él pareció no darle importancia, lo cual me tranquilizó.
— ¿Cuándo vas a volver, papi? —Me preguntó viéndome a los ojos con esa mirada inocente que sólo los niños tienen.
—No lo sé, pero esperemos que sea pronto.
— ¿Y qué te van a hacer en el hospital?
—Me van a hacer una cortadita en mi panza porque estoy enfermo.
— ¿Y te va a doler?
—A lo mejor, pero sólo un poquito.
Después pasó su pequeña mano por encima de mi abdomen.
—Yo no quiero que te hagan nada. No quiero que te duela.
Sus palabras quisieron quebrantar mi fuerza, pero no pude darme ese lujo; necesitaba seguir adelante sin mostrarme triste.
—No te preocupes, ¡Nomas va a ser una cortadita muy, muy chiquita! Pronto voy a estar bien y regresaré contigo ¡y te voy a dar el abrazo más fuerte del mundo!
Abracé a mi hijo y él me correspondió. Durante unos hermosos segundos permanecimos así, dejando que el mundo girara sin prestarle atención a nada más. Antes de apartarnos besó mi mejilla, yo le regresé el gesto de igual manera.
— ¿Y yo dónde te voy a esperar?
—Tú y tu mamá se van a ir con tu abuelita.
— ¿La mamá de mi mami?
—Sí.
— ¿Y voy a poder ver las caricaturas? —Me cuestionó emocionado ya que en casa de sus abuelos maternos tienen televisión por cable y, lógicamente, puede ver más programas infantiles que en televisión abierta.
—Sí —afirmé sonriendo al ver cuál era su prioridad en ese momento.
— ¡Viva! —Exclamó feliz.
“Bueno —pensé mientras le acariciaba su cabecita—, al menos no te quedas triste.”
Después abordamos el coche y fuimos a casa de mis suegros, les explicamos lo sucedido y les dejamos al niño para que mi esposa pudiera acompañarme.
Al despedirme de mi hijo y mi suegra, él me abrazó muy fuerte y me besó la mejilla una vez más.
—Alíviate pronto, papi.
Me dijo sonriendo. Yo le regresé la sonrisa pero no pude articular palabra, ninguno de los presentes pudo hacerlo.


Partimos después rumbo a la casa de mis padres y sin más contratiempos recogimos a mi mamá y nos dirigimos camino al hospital. Yo conducía y sentía que iba manejando hacia mi propio entierro, que iba dócilmente a mi tormento. Me sentía completamente derrotado, sin ánimo de nada más.
Durante el camino, mi madre, quien iba con una fortaleza admirable, me dio palabras de aliento a la vez que trataba de ponerse de acuerdo con mi esposa para saber bien cómo tendrían que organizarse. Yo no puse mucha atención a sus palabras.
En un semáforo que nos tocó en luz roja, poco antes de llegar al hospital, volteé a observar a la gente y a los edificios que se mostraban ante mí; todo se veía tan gris, tan opaco que sólo sirvió para entristecer más mi estado anímico. Cerré los ojos y elevé una sencilla plegaria rogando por mí:
“Señor, por favor no me abandones, dame fuerzas…—sentí cómo un nudo, muy grande y muy pesado, se albergó en mi garganta, y cómo las lágrimas se agolparon en mis ojos tratando de brotar, y sólo una frase continué repitiendo una y otra vez de manera más angustiante—. No quiero sufrir más, no quiero sufrir más. Dios… no me dejes sufrir más.”


https://www.facebook.com/librounaesperanzadevida

CAPÍTULO 18 - "Una esperanza de vida" 18


Ana Hidalgo

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