sábado, 1 de octubre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 14


Esperanza ©Pescador -Su uso es puramente ilustrativo
A la siguiente mañana fui a ver a la persona que mencioné anteriormente: era un hombre maduro que se dedicaba a dar un ligero masaje en la espalda y cuello, como para quitar la tensión, además de recetar ciertos compuestos herbales que sus ayudantes vendían. Esta persona me la recomendó una amiga de mi mamá, argumentando que había mucha gente que le tenía mucha fe a este señor. Yo accedí sin mucho reparo.

“Si bien no me cura, tomar hierbitas y cosas naturales no creo que me haga más daño, bueno, mientras éstas no me hagan volar por los cielos multicolor al lado de elefantes espaciales cantando Yellow submarine, porque luego ya no voy a querer aterrizar.”

Llegué aproximadamente a las 8 am a la dirección que se me había dado, me acerqué a uno de los individuos que esperaban afuera y le pregunté por el mecanismo para poder acceder a una cita.
—Tienes que pedir ficha —me contestó un hombre robusto, de cabello cano y bigote espeso.
— ¿Y quién las está dando?
—Necesitas pasar por esa puerta —me señaló el interior.
A la misma dirección donde se encontraba la puerta de entrada estaba otra que daba acceso a un patio y una escalera construida de piedra y cemento. En general, la casa era algo vieja pero estaba bien tratada—, te atraviesas y hacia tu mano izquierda hay otra puerta donde tocas y tomas tu ficha.
Di las gracias y me dispuse a seguir las instrucciones, pero al dar un paso al interior me encontré con una gran sala de espera y ahí pude constatar que mucha gente le tenía confianza a este hombre: una fila algo larga que serpenteaba en el interior de la vivienda, y toda la gente esperando afuera de la casa, era la prueba de ello.
“No manches —exclamé para mí—, esta fila está más larga que la de las tortillas. ¿Estará regalando algo o qué onda? Me lleva la fregada, voy a salir muy tarde de aquí. A lo mejor sí receta hierbita “de la buena”. Por si las dudas, si escucho que suena una sirena o algo parecido, mejor me “pelo” de aquí antes de que me agarren y me quieran dar de “tehuacanazos” para “sacarme la verdad”.

Tratando de no mostrar reacción alguna, entré y me encaminé al fondo a la izquierda donde pude ver la puerta que me indicó el señor que esperaba afuera.

Toqué un par de veces y una mano me extendió un trozo de papel encintado que tenía un número escrito en él. Agarré la ficha, di las gracias y salí del lugar buscando un poco de aire y espacio para no sentirme tan ahogado por toda la gente que aguardaba. Poco a poco las personas entraban según su turno hasta que alguien dijo mi número. Con un ligero empujón, abrí la puerta y pude ver el interior del consultorio: se trataba de un cuarto de unos tres por cuatro metros con una sola ventana que daba a la calle y las dos puertas colocadas de la forma que mencioné anteriormente; la que conducía al patio y la de entrada. A mano derecha estaba un hombre alto, de complexión robusta, de bigote negro y espeso, sentado en una silla apoyando sus brazos sobre un viejo escritorio; al fondo de la habitación una pequeña cama individual, parecida a un catre, se apoyaba junto a la pared y, frente a mí, estaba el hombre al que iba a ver: tenía menos estatura que yo, algo entrado en años y luciendo canas. Lo que más llamó mi atención era su semblante: parecía despedir tranquilidad y confianza.
—Buenos días —dijo aquel hombre.
—Buenos días —contesté.
— ¿En qué te podemos servir?
Y le conté acerca de mi padecimiento y de mis temores: que sufría de IRC, que necesitaba un trasplante de riñón, que los exámenes que me tenían que hacer eran dolorosos,  que tenía temor y que no quería operarme. El hombre me miró con atención y sonriendo me dijo:
—No te preocupes, vamos a ver qué podemos hacer.
Después me indicó que me parara frente al catre, dándole la espalda. Comenzó a murmurar algo mientras parecía pasar sus manos alrededor de mi cuerpo, pero sin tocarme. Enseguida me instó a que me acostara boca abajo en la cama y después me sobó la espalda aplicando suficiente presión para “tronármela”.
“¡Ay, güey!, ¿y todo esto pa’ qué?, —pensé—. Mi problema son los riñones no la espalda, aunque estos están en la espalda baja… ¿habrá algún tipo de relación? No sé, pero todo está bien mientras no baje las manos más allá de mi cintura. Todavía si fuera una chica en bikini… ahí si le daría chance pa’ que se agasajara la chava, ¿Quién soy yo para negarle un poco de regocijo a una pobre muchacha?”
—Ahora párate por favor —me pidió el señor.
Al estar de pie él se colocó nuevamente atrás de mí y tomó mi cabeza entre sus manos y, después de rotarla suavemente por un par de veces y sin decir “agua va”, me la giró bruscamente provocando qué me crujiera el cuello.
—Ya está —me dijo.
—G-gracias —tartamudeé mientras lo veía de reojo y me palpaba la nuca queriendo comprobar que aun contaba con la cabeza en su lugar. Después se dirigió al hombre qué estaba en el escritorio pidiéndole que me apuntara en una hojita una serie de remedios naturales a la vez que me guiaba en las instrucciones para ir por ellas. Pregunté cuánto era lo que debía y pagué la cantidad que me dijo el hombre del bigote; al parecer la persona que sobaba, por alguna razón, no recibía los pagos ni se involucraba en los asuntos monetarios. Acto seguido, salí de la habitación y dije el número siguiente para que entrara la persona con su correspondiente ficha.
“Chale —pensé al salir de la habitación—, casi me mata. Si por una nadita le falla en la fuerza o algo, yo ya estaría pidiéndole a San “Peter” que me dejara entrar al paraíso, que soy influyente y que me están esperando las siete vírgenes en la zona VIP, aunque creo que eso es para los musulmanes, pero recuerdo que un hombre sabio dijo alguna vez: hay que tomar lo mejor de dos mundos, y qué mejor que estar en el paraíso con siete damitas dispuestas a… eh… platicar. Aunque me siento como relajado con la sobadita. Sabe para qué será todo esto.”

Salí, crucé la calle para tocar el cancel negro de una casa, que era donde recogería el remedio. Salió una persona y sonriendo me pidió el papel que me dieran en el consultorio. Entró y, segundos después, salió con tres frascos: dos de un cuarto de capacidad y el tercero de un litro. Revisé el contenido de cada uno observando los ingredientes donde se indicaban las plantas con las que estaban hechos. Prácticamente eran hierbas inofensivas y comunes, que ayudaban a estimular el apetito y a relajar los nervios. Aquí aclaro que dichos remedios sabían muy amargo, pero sí me hacían sentir un poco más tranquilo.

En consulta con los doctores, estos hicieron hincapié en lo importante que era seguir la rutina diaria lo más normalmente posible, así que, fuera de todas las pastillas y remedios, trataba de llevar mi vida como siempre, acudiendo a lugares y a celebraciones familiares. En cierta ocasión una prima de mi esposa nos invitó a una reunión en su casa, fue ahí que conocí a Alejandro. Platicando con él salió el tema de mi enfermedad y de los problemas que me causaba. Sin más pensarlo, él me dijo que fuéramos a su casa el siguiente martes por la tarde, que vería si podía ayudarme. Quedé extrañado por sus palabras ya que su empleo, del cual yo tenía conocimiento, distaba mucho al de un médico o algo parecido. Camino a casa cuestioné a mi mujer acerca de todo eso.
— ¿Y cómo ves lo que me comentó Alejandro?
—Bien, hay que venir. Te dijo que el martes, ¿verdad?
—Sí, pero ¿a qué se dedica o qué onda?
—Lo que pasa es que él ora por las personas, pide por su salud. Me dijo su esposa que mucha gente lo consulta pidiéndole que los ayude en sus problemas.
— ¿Ora por la gente?, ¿cómo está eso?
—Tú espérate y ya verás.
Y con esta explicación, tan contundente y clara, dejamos que corriera el tiempo hasta que el día señalado llegó. Cuando arribamos a su casa ya nos esperaban. Mi esposa e hijo se quedaron en el comedor platicando con su familia mientras que Alejandro me conducía al cuarto de lavado. Una vez ahí me pidió que me serenara, que me mantuviera firme en mi lugar y que tratara de meditar con los ojos cerrados. Acto seguido encendió un cirio a un lado de nosotros, colocó un vaso con agua bendita al lado opuesto, sujetó algunas plantas y comenzó a sacudirlas suavemente sobre mí al tiempo que decía en susurros lo que, al parecer, eran plegarias. Esto mismo se repitió cada martes y viernes por 8 ocasiones. Al término de la consulta del último martes nos pidió que fuéramos el siguiente domingo para finalizar con el tratamiento. Cabe decir que en una de las sesiones vertió un poco de la cera del cirio en el vaso con agua, ésta, al enfriarse con el contacto del líquido, formó lo que claramente era un grano de maíz, muy definido y bello. Me aclaro que eso indicaba que tendría vida nueva, y no sé equivocó.

En fin, ya para la consulta final el lugar cambió a ser en el patio, donde la luz del sol brillaba y nos bañaba completamente. La sesión se modificó un poco ya que para tal ocasión usó incienso que despedía el mismo olor como el usado en las iglesias, y ahora los rezos parecieron ser diferentes. Todo lo demás sucedió como siempre pero, ya casi al terminar, uso sus manos para friccionar mi espalda. Cuando llegó a la parte donde residen los riñones hizo una leve presión y sentí como si alguien jalara algo arrancándolo de mi abdomen, claramente percibí que “eso” salió disparado hacia el cielo. Di un ligero quejido involuntario. Mis piernas me fallaron y casi me caí pero logré sostenerme de manera veloz. Pocos segundos más tarde todo terminó. Me sentí muy relajado, más de lo que comúnmente lo estaba al finalizar cada visita. Platicamos un rato más con Alejandro y su familia antes de regresar a casa. Internamente abrigué el anhelo de que todo mejoraría.

Pasaron un par de semanas y me fui a hacer unos exámenes de sangre y orina con la homeópata que me recetaba el medicamento a base de mi micción, ya que ella tenía un laboratorio equipado para esta clase de menesteres. Al ver los resultados que me dio la mujer escritos en un papel, una gran alegría me invadió: ¡la creatinina había bajado un poco!
— ¡Gracias, Dios! —Murmuré—. Por fin tengo resultados positivos.
— ¿Cómo ves tus resultados? —Me preguntó la doctora.
— ¡Muy bien! —Contesté muy contento—. Parece que vamos por buen camino. ¡Bajaron los niveles de creatinina!
Ella asintió un par de veces mientras me observaba fijamente. No sé porqué, pero en su expresión pude ver cierta incredulidad, aunque no hice comentario alguno por la emoción que vivía en ese momento y por el recelo a que me dijera que, por alguna razón desconocida, los números habían bajado, pero que después éstos volverían a elevarse. Me alejé rápidamente del lugar por el temor a que fuera a reafirmar mi presentimiento.

Y con una renovada esperanza y ánimos, regresé a casa con la confianza de que todo saldría bien… esperanza que pronto se desvanecería dramáticamente.

https://www.facebook.com/pages/Una-esperanza-de-vida/140564576022832

CAPÍTULO 15- "Una esperanza de vida " 15

Ana Hidalgo

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