jueves, 22 de septiembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 12

©Melancolía-Imagen encontrada en Internet,
su uso es puramente ilustrativo
Algunos días más tarde, estando sólo en mi recamara, acostado y con la cabeza llena de pensamientos referentes al protocolo, cerré los ojos y recordé las palabras que me dijera el doctor de medicina interna acerca de que parecía que alguien me había embrujado. No era la primera vez que esa idea me recorría la mente, sobretodo porque no parecía tener algún síntoma visible: ni dolor, ni hematomas, ni hinchazón, ni nada.

“¿Será cierto? ¿Será posible?”
Y como un chispazo se me vino a la mente que alguien, hace tiempo, me comentó acerca de un señor que se dedicaba a este tipo de menesteres, y que de hecho había sido muy atinado en su trabajo, logrando adivinarles varias cosas acerca de sus problemas.
“Pues por ahí dicen que el que ya nada tiene que perder a todo le tira, y se me hace que ese es mi caso. Mañana voy a informarme bien de todo esto para ver si el lunes puedo ir a ver qué me dice el amigo ese.”


Y así lo hice. Fui con las personas que habían hablado con él y les pedí que me informaran de todo lo que les había pasado, para tenerlo fresco en mis recuerdos como un referente, también para que me dijeran qué ocupaba llevar, qué día daba consulta, horarios, etc. Me dijeron que sólo veía a las personas los martes y viernes, que no tenía horario en particular y que necesitaba llevar un huevo de gallina conmigo. Ya con las instrucciones claras me despedí agradeciéndoles su amabilidad.

Un día después, el lunes, decidí ir al domicilio del señor para ir tanteando el terreno y no perderme al día siguiente, ya que me advirtieron que era mucha la gente que iba a verlo y que tenía que llegar temprano a su casa porque, de lo contrario, tardaría mucho en atenderme.
Llegué a la dirección señalada sin dificultades: era en un barrio de clase media, la casa tenía una amplia cochera enmarcada por una baranda vieja al igual que la pintura. La casa en general lucia maltrecha y descuidada. Todo alrededor era silencio, me pareció muy tranquilo el lugar. Al asomarme un poco vi que a un lado, en la casa de su vecino y sujeto en la reja, estaba un papel que decía que aquel hombre sólo atendía los días martes y viernes y que ahí no sabían dar explicaciones ni datos acerca de él.
“Al parecer es una persona bastante solicitada. Ya veremos cómo se pone todo este asunto mañana.”


Por la noche hablé con mi padre para pedirle permiso de llegar tarde al trabajo al día siguiente, argumenté que iría a un mandado, sin más cuestionamientos él aceptó aunque con un poco de extrañeza.

El martes me levanté temprano y dispuse lo necesario para mi visita.
“Mejor me llevo dos huevos, no vaya ser que a uno se le parta su… cascara.”
Subí al auto y en cuestión de minutos ya estaba estacionándome cerca del lugar. Pero mi sorpresa fue enorme al llegar a la casa y ver un gentío esperando por su turno.
“¡Ah, jijo! ¿Ahora qué? Según me vine temprano para evitar todo esto, pero por lo visto no fui el único con esa idea. ¡Pues ya estoy aquí y no me rajo!”
Acto seguido pedí indicaciones a una de las personas quien me señaló a uno de los encargados, un tipo de gruesa complexión y alto de estatura. Ya con él me explicó que tenía que esperar haciendo fila, cuál era el costo de la consulta y que se le pagaría a él antes de entrar –al parecer el señor que me atendería no está en contacto alguno con el dinero-. También me prestó un marcador de tinta indeleble y me ordeno que le pusiera mi nombre al  huevo que traía conmigo. Por cierto, si por alguna causa no llevaban aquel alimento, ellos lo proporcionaban por una cantidad adicional. Al terminar de rayar mi nombre en el cascaron, me ordenó que me lo pasara por el cuerpo, frotándolo con cuidado. Después se fue.
“¿Qué me frote el huevo en el cuerpo? ¿En todo el cuerpo? Híjole, esto va a doler y además no creo tener la flexibilidad —volteé a mi alrededor y noté como todos los presentes hacían lo indicado por el hombre, utilizando el blanquillo con el nombre escrito en él—. ¡Ah, ya entendí! Es que no fue muy claro el grandote. Me voy a sentir bastante tonto, pero todo el mundo lo hace y como dice el refrán: a donde fueres, has lo que vieres.”
Sin más empacho comencé a pasarme el producto de gallina por el cuerpo.


Minutos más tarde me encontré en el umbral de la casa, pude ver que al lado izquierdo estaba una entrada cuya puerta era sólo una manta cubriéndola por completo. Quise asomarme un poco pero el grandote me lo impidió alegando que por ahí salía el “mal”, que me hiciera a un lado. Obedecí recargándome hacia mi derecha. Todo el cuarto era una sala de espera; varias tablas de madera funcionaban como asientos. Una foto era todo el adorno del lugar. Supuse que era la persona por la cual estaba ahí. El cuarto no se alumbraba con nada, lo que lo oscurecía bastante.
Mientras esperaba dudé en si había hecho bien en haber ido.
“Jamás he sido muy creyente en este tipo de cosas, pero tantas personas dicen que sí es verdad todo, que se han sentido mejor después de que alguien así los ve. Simplemente, los compas con los que hablé dicen que les atinó a qué iban y que les numeró sus broncas y les ayudó a resolverlas. Otros dicen que nada de esto es cierto. Sí creo que existen fuerzas, energías, que nos ayudan o nos perjudican, pero a veces se hablan de cosas más… ¿cómo decirlo? Especiales, y que es mejor no meterse con eso. Pues creo que lo mejor es respetar las creencias y no enfrascarse mucho en lo que me digan, no sea que me pueda afectar sólo por estar pensando repetidamente en lo mismo.”


Al término de unas horas por fin me tocó entrar al lugar. Pagué mi cuota y el grandote recorrió la cortina permitiéndome pasar. El techo del lugar era bastante alto. Un foco iluminaba el cuarto, las paredes sobrias y avejentadas destilaban olor a humedad. Daba una sensación de frío nomás dar el primer paso. La cortina tras de mí se cerró. Miré al frente y una sensación mezcla de asombro y miedo se adueñó de mí: Una cortina rosa pálido se erguía desde el suelo hasta el techo, esta manta separaba por completo el cuarto, no había un recoveco por el cual ver lo que existía tras de ella. Sobre esta tela, en la parte superior y tocando el techo, colgaba un retrato enorme con la cara de Jesús completamente ensangrentada por la corona de espinas, el fondo era negro. Bajo esta imagen, y como si fuera un altar, una mesa muy improvisada, hecha de madera y metal, tenía sobre sí una bandeja vacía, a los pies de aquel tabloide descansaba una cubeta roja a medio llenar con un liquido cremoso de color grisáceo.
Por varios segundos no pude despegar mis ojos de aquella imagen, de aquel Cristo sudando esa abundante sangre tan roja y brillante.
—Buenos días —saludé aun desconcertado por la gran imagen y las sensaciones que me provocaba el lugar en conjunto.
—Dame tu huevo —un brazo regordete salió de las mantas extendiendo su mano listo a recibir lo que me pidió, no me devolvió el saludo. Le entregué el objeto y rápidamente se perdió atrás de la tela. A partir de ahí agucé mis sentidos, sobretodo el oído, porque por más que traté de ver o distinguir algo, las cortinas no me lo permitieron.
— ¿A qué vienes? —me contestó una voz que provenía de  atrás de las mantas.
—Me… —estaba a punto de decirle de la IRC pero rápidamente pensé que lo mejor era ver qué me decía, si en verdad lograba saber el porqué estaba yo ahí— estoy enfermo. Me dicen los doctores que debo operarme y yo me niego. Quisiera saber qué tan grave es mi padecimiento.
Mientras me hacía las preguntas alcancé a escuchar una serie de sonidos tenues pero reconocibles; metal chocando entre sí, como el tintineo de piezas pequeñas.
— ¿Por qué te quieren operar?
—Porque dicen los doctores que mi padecimiento así lo requiere.
—     ¿Y tú cómo te sientes?
—Yo me siento bien. Más allá de algo fatigado, no veo clara la razón de una cirugía.
—Ya veremos…
Con estas palabras extendió su brazo fuera de las cortinas y quebró el huevo. Aunque fue algo sorpresivo en sus movimientos, pude ver claramente que se trataba del mío por el nombre escrito en el cascaron. El contenido cayó en la vasija. Terminada la veloz maniobra, el brazo volvió a ocultarse. Sin asombro observé que en el recipiente descansaban algunas piezas oxidadas y mojadas.
— ¿Qué fue lo que salió? —preguntó la persona.
—Tres clavos y una cadena —contesté con voz serena.
—Bien, ahora vacía el contenido en el bote que está a tus pies.
Tomé el recipiente e hice lo que me ordenó. Después dejé la vasija en su lugar.
—Tú no estás tan mal —aseveró la voz—, no necesitas cirugía. Lo que tienes es una enfermedad de la sangre.
—Entonces… ¿no es necesario que me operen?
—No.
— ¿Qué es lo que tengo, de qué estoy enfermo?
—Tienes una enfermedad de la sangre. Nada más.
—Es que me dicen que estoy mal de los riñones.
— ¿Quién te dijo eso? —al hacerme esta cuestión, el hombre salió de su lugar, sólo un paso, lo que me permitió ver parte de su cuerpo: era un hombre bajito y regordete. Aunque salió un poco, se cuidó de cubrir su rostro con la misma tela rosa.
—Los doctores.
—No, no, no. Tú estás mal de tu sangre, es todo —regresó tras las cortinas.
Al escuchar sus palabras tan seguras y determinadas, decidí hablar de mi enfermedad.
—Lo que pasa es que en el seguro social me detectaron insuficiencia renal crónica, una enfermedad de los riñones
— ¿De los riñones?
—Sí.
Para esto el hombre pareció sorprendido y traspasó por completo las cortinas, quedando a unos centímetros de mí, pero siempre cubriendo su cara con la tela. Durante el resto de la conversación salió y entró al cuarto en repetidas ocasiones, pero siempre cuidándose de no descubrir su rostro.
— ¿Qué fue lo que te dijeron?
—Que mis riñones ya no crecieron; se quedaron infantiles y ya no pueden con la carga de mi cuerpo.
— ¿Y te quieren operar de los riñones?
—No exactamente, lo que quieren hacer es trasplantarme; colocarme un riñón de alguien más.
—Hacerte un trasplante de riñón… pero, ¿tú cómo te sientes?
—Bueno, yo me siento bien. No me duele nada ni siento que algo esté mal en mi cuerpo.
—Entonces ¿por qué te quieren operar si dices que te sientes bien?
—Lo que pasa es que traté de donarle sangre a un primo y me detectaron que andaba muy bajo de hemoglobina, me mandaron a hacer varios estudios y por estos me diagnosticaron la insuficiencia renal. Me dijeron que la solución a mi problema es trasplantarme, pero yo no quiero.
—Tú estás bien, no necesitas ninguna operación. De lo que si estás mal es de la sangre, pero nada más. ¿Sabes qué es el micle?
—Sí —de hecho en casa de mis padres una gran planta adornaba el patio.
—El micle es una planta de hojas grandes que tiene una flor anaranjada, alargada. Consíguete unas hojas y las pones a hervir, ya que suelte el color dejas que se enfrié y te lo tomas como agua de uso y ya con eso vas a tener. Tú estás mal de la sangre, eso es todo.
Volvió a encerrarse tras las cortinas. Comprendiendo que no tenía más que hacer allí, salí del cuarto dando las gracias. Me dirigí directamente a la calle y de ahí a mi auto. Una vez dentro tome rumbo a mi trabajo mientras reflexionaba en la experiencia y sobretodo en la cura propuesta por aquel personaje.
“A fin de cuentas, nada. No le atinó a lo que tengo, bueno, dice que es una enfermedad de la sangre, si lo atribuimos a mi falta de la misma, entonces se acercó un poco, pero sólo un poco. De hecho la ausencia de sangre no es la enfermedad, es un síntoma. Y me recomienda que beba tés de micle, con lo feo que ha de saber.”
Poco a poco mis pensamientos me llevaron a realizar muchas reflexiones acerca de mi reciente experiencia, y aunque no lo aceptaba concretamente, en verdad me sentía desilusionado, esperaba que el hombre tras las mantas me dijera algo que en verdad me ayudara.
“Que beba té de micle, ¡y para mí que ha de saber horrible!
Ya no quise darle más vueltas al asunto, por lo que dejé que el día transcurriera su habitual marcha, acercándose la fecha para el examen miccional. Pero con el pasar de los minutos una idea se concretizaba más y más en mi mente:
“¿Y qué pasaría si abandonara todo lo concerniente a la cirugía? ¿Qué tal si me quedo únicamente con los remedios y tratamientos naturales y espero que eso sea suficiente? ¿Pero qué tal si lo que estoy haciendo no es lo correcto? ¿Si en realidad necesito trasplantarme?”
Tales disertaciones tendrían respuesta muy pronto…, y de una forma que sólo en sueños lograba imaginar.


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CAPÍTULO 13- "Una esperanza de vida" 13

Ana Hidalgo

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