viernes, 16 de septiembre de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 11

Desesperación ©Maria del Valle -Su uso es puramente ilustrativo
Cierto día, en el cual me tocaba consulta con el nefrólogo, acudí a la cita y, como ya era una costumbre que se hizo con el tiempo, esperé un rato a que me tocara mi turno. Afuera del consultorio varias personas más me hacían compañía, la mayoría eran adultos de edad avanzada, algunos iban con sillas de ruedas y en general todos llevaban alguien que les hacía el tiempo de espera un poco más llevadero.

Me parece importante resaltar que muchos jóvenes también estaban ahí en espera de ser llamados. Muchos de ellos presentaban el color amarillento característico del avance de la enfermedad. Al verlos y observar cómo algunos de ellos se veían desde agitados hasta fatigados, me hacían pensar que su enfermedad les estaba arrebatando la vida, y así era, sólo que yo aún me negaba a creerlo por completo, me negaba a creer que yo sufría de su mismo padecimiento, que yo podría llegar a lucir los mismos síntomas que les aquejaban.
Me miré las manos y no aprecié el mismo tono de color de piel que algunos de los enfermos.
“Yo no tengo nada —me decía—, no me veo como los demás. Posiblemente tengo algo sin mucha importancia, pero que da algunos síntomas de insuficiencia renal y por eso se confundió el doctor”


Agaché la cabeza con desgano, en mi interior ya me hacía a la idea de que algo en mi cuerpo no funcionaba bien y de que, si me encontraba ahí, era por algo.
Ya me sentía algo cansado cuando vi que salió una mujer de edad avanzada; era la paciente que en su momento atendió el médico, ella anunció mi nombre; era mi turno.
Entré al consultorio y me senté frente al escritorio del doctor quien, como ya era normal, se encontraba terminando de llenar unos papeles en su máquina de escribir. Al terminar los guardó en su respectivo expediente y volvió su mirada hacia mí.
— ¿Cómo te has sentido? —Me cuestionó.
—Bien.
— ¿Tienes el papel con tu peso y presión?
—Sí —le di un papelito con las lecturas que mencionó y que previamente me había tomado la enfermera en turno.
—Bien —dijo el galeno mientras asentía un par de veces con su muy particular forma de mover la cabeza. Después anexó los datos en mi expediente escribiéndolos en el mismo.

— ¿Y los exámenes que te pedí?
—Aquí están.


El doctor tomó un gran sobre que contenía unas radiografías que se me habían tomado un par de días atrás. Las observó e hizo algunos señalamientos y anotaciones, después sacó del mismo sobre los papeles con los resultados de los análisis de sangre y orina que se me hacían como un procedimiento rutinario, y después de leerlos se dirigió a mí.
—Pues parece que vamos bien. Sí seguimos con este ritmo y si todos los exámenes faltantes resultan favorables, entonces será posible operarte antes de que nos veamos en la necesidad de ponerte diálisis.
“Diálisis —pensé—, otra vez la ha vuelto a mencionar”
— ¿Qué es eso de la diálisis, doctor? —Externé mis dudas ya que antes sólo oía la palabra sin prestarle mucha atención.
El doctor, una vez más, parpadeó rápidamente con ese ligero temblor de cabeza que ya le conocía.
—La diálisis es una pequeña operación en donde se le coloca al enfermo un catéter peritoneal por el cual se introduce y se extrae una solución diseñada para remover productos de desecho, tales como la urea y la creatinina, e incluso ayuda a regular un poco el nivel de agua que se forma por la retención de líquidos, y que tus riñones ya no pueden filtrar ni eliminar. Existen principalmente dos tipos de catéter: uno rígido y otro blando. El catéter rígido se usa más bien en casos de extrema emergencia, donde se tenga en juego la vida. El blando se usa con el fin de que el paciente pueda andar libremente y pueda desempeñar la mayoría de sus labores cotidianas. A este proceso se le denomina Diálisis Peritoneal Continua Ambulatoria y se le conoce como DPCA pero, como te dije anteriormente, si todo sigue como hasta hoy, no habrá necesidad de usar este método.
— ¿Qué es lo que determina si se tiene que dializar a alguien o no?
—Principalmente los altos niveles de creatinina.
—Vaya —exclamé con desaliento.
—Veo que aun no te haces a la idea de tu enfermedad —me aseguró quizás porque me observó muy dubitativo—. Entiende una cosa: tú tienes un problema, nada más. Los problemas tienen arreglo y en tu caso es el trasplante. Puedes ir a Estados Unidos, a Europa… ¡a donde quieras! En todas partes te darán el mismo diagnostico y la misma solución que te doy aquí. Estás en tu derecho de buscar otras opiniones, de consultar otros médicos, pero te recalco: es importante no perder tiempo, seguir con el protocolo.
Asentí con el mismo ánimo de siempre. El médico, al ver que ya no pregunté nada más, siguió con el proceso del protocolo de trasplante renal.
—Muy bien. El siguiente análisis a realizar es el cistograma miccional.
Él tomó unas hojas y comenzó a anotar la orden para la realización del examen, yo lo miré fijamente mientras hacía su trabajo al tiempo que, en mi mente, trataba de encontrar el significado de las palabras con las que describió la prueba, mas no supe a qué podría referirse por lo que le pregunté:
— ¿Para qué es ese análisis, cómo se hace?
El galeno dejó de escribir y me miró atento mientras me describía el proceso.
—Este examen sirve para saber si tu vejiga tiene el tamaño suficiente para poder colocarte el injerto, porque éste no va en lugar de alguno de tus riñones enfermos —aclaró—, sino que se coloca en esta área —señaló su bajo vientre con ambas manos, exactamente a un costado de donde tenemos la vejiga—. En este preciso lugar es ideal ya que se puede “conectar” a las venas y arterias que pasan por este sitio, y el uréter del órgano donado, el cual es un conducto por donde el riñón desemboca la orina, se “conecta” a la vejiga sin  ningún problema, y de esta manera la orina se desecha de forma normal.
— ¿Y cómo se hace? —Reiteré mi duda.
El galeno frunció la boca y suspiró ligeramente antes de darme su explicación. Lo hizo como una persona acostumbrada a dar una noticia que sabe que le traerá dificultades. Días después comprendí el porqué de su gesto.
—El proceso consiste en introducir un catéter muy fino por la vía urinaria, e inyectar un líquido de contraste mientras se te toman unas placas, una especie de radiografías, las cuales nos darán la medida de tu vejiga.
Me quedé sorprendido por sus palabras.
— ¿Por la vía urinaria?, ¿a qué se refiere?, —aunque la respuesta era clara, tenía la esperanza de que se tratara de una forma diferente a como la entendía.
—Se introducirá el catéter por el pene hasta llegar a la vejiga para poder soltar el líquido que nos permitirá hacer las lecturas necesarias.
Su contestación vino a reafirmar el temor que sentía, al confirmar que el examen se haría como lo había pensado.

Agaché la cabeza, traté de no pensar en nada más mientras el galeno terminaba de llenar las hojas necesarias y algunas recetas para intercambiarlas por los medicamentos que necesitaba.

Saliendo del hospital, después de realizar los trámites necesarios para mi siguiente cita, procedimiento que ya era habitual, compré un pan en la tienda. Para entonces, y sin intención de mi parte, la forma en que se haría el cistograma miccional entró a mi cabeza poco a poco hasta que ya no me era posible pensar en otra cosa.
Un par de cuadras después, abordé mi carro y comencé la marcha a mi hogar. No podía dejar de pensar en el examen que se me practicaría, sobretodo en la forma en que éste se tendría que hacer.
“Dios —pensé—, ¿cómo es posible que se pueda realizar algo así? ¿Cómo pueden decirme que me van a meter un catéter por el pene? ¿Qué tan grande será? ¿Qué tan grueso estará? ¿Dolerá mucho? —En ese momento la desesperación se sentó a mi lado—. Tiene que ser algo muy delgadito, si no, ¿cómo sería posible que algo así pudiera penetrar en esa parte que normalmente es muy estrecha? Dios, van a meterme algo por el pene. No quiero que me hagan eso. Por favor no quiero, no quiero ¡NO QUIERO!”


Golpeé el volante con todas mis fuerzas y por primera vez en el tiempo que llevaba desde que me descubrieron la anemia que dio inicio al protocolo, sentí lo que era la impotencia realmente, el no tener el control de mi destino en ninguna forma. Sentí cómo era esa sensación de completa soledad.
De mis ojos, y sin que yo lo fomentara, empezaron a caer gruesas lágrimas hasta que se convirtieron en verdaderos chorros que bajaban por mis mejillas y nublaban mi vista por completo.


Durante el camino de regreso a casa lloré mucho, como hacía muchos años no lo había hecho, no me importó si alguien me vio o lo que pensaría la gente; no podía despejar el miedo al examen que tendría que afrontar próximamente, el miedo al dolor que me provocaría el hacérmelo, el miedo a enfrentar la realidad que, poco a poco, se agolpaba en mi persona cada vez con mayor prisa y menor descanso.
Tenía miedo, mucho miedo.
Entre sollozos, oré pidiéndole a Dios por mí.
“Dios mío, qué va a ser de mí, qué me va a pasar. Dios, no me dejes por favor… no me dejes.”
Y por el resto del día, la desesperación y la soledad se hicieron mis únicas amigas… y no parecían querer marcharse jamás.


http://www.facebook.com/pages/Una-esperanza-de-vida/140564576022832

CAPÍTULO 12 - "Una esperanza de vida " 12
Ana Hidalgo

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