jueves, 4 de agosto de 2011

"Una esperanza de vida" de Ramón L. Morales. CAPITULO 1

Ilustración: Alejandro Bernal
Para contar lo que me sucedió me parece que debo empezar, por razones que pronto explicaré, desde aquí:
Por situaciones que a veces sólo el destino parece decidir, me quedé sin empleo. ¿Esto qué relevancia tiene en la historia de mi enfermedad? Mucha, porque a partir de aquí es como yo veo que todo comenzó, fue cuando mi vida inició a tornarse más complicada de lo que jamás imaginé. Yo solía ser de las personas que piensan que nacieron y que algún día van a morir sin tener en cuenta que este periodo de tiempo, al que nombramos vida, tiene muchas cosas que ofrecernos; algunas buenas y otras, lo queramos o no, malas, y aunque es lógico creer que a nadie le gusta pasar por momentos de desdicha, nosotros no podemos decidir el futuro. Todo lo que tenemos que hacer es vivir y echarle ganas a lo que se nos presente, no nos queda de otra.


Como apuntaba anteriormente, trabajaba para una empresa la cual, para mi mala fortuna… no, ahora que vuelvo la vista atrás, creo que fue para mi buena fortuna (aunque en el momento que esto pasó no lo podía ver así). Pero bueno, decía que para mi mala suerte esta compañía decidió prescindir de mi trabajo en diciembre del 2000. Fue algo bastante duro debido a que llevaba casi tres años de casado y ya había nacido mi hijo. La renta no me preocupaba pues vivíamos en la segunda planta de la casa de mis padres, la cual fue modificada para que quedaran dos viviendas completamente independientes una de la otra. Lo que mantenía mi mente ocupada era el hecho de no poder conseguir trabajo pronto y que nuestros fondos económicos se terminaran.

Debido a las fiestas decembrinas sabía que no sería factible encontrar empleo en alguna empresa donde pudiera aplicar mis conocimientos, por lo que opté por buscar labor fuera de mi ramo, como lo hice en una conocida cadena de supermercados. Es sabido que en ese tipo de lugares es constante que busquen personal para sus diversos departamentos, sobretodo en esos días festivos en que las ventas se incrementan notoriamente, pero al llegar a la entrevista de rigor me comentó la señorita que me atendió que ellos no podían emplearme por los estudios que tenía, pero que era posible que me dieran alguna oportunidad si iba a la matriz de la tienda; ahí quizás sería útil mi experiencia.

Fui a dónde me indicaron pero igual; mis estudios fueron un obstáculo ya que ellos no tenían algún puesto que ocupara alguien con un perfil como el mío.
Regresé desilusionado y considerando mentir en alguna solicitud de trabajo, omitiendo mis estudios, con el fin de que me aceptaran en algún lugar donde ocuparan personal.
“Ahora sí —renegaba—, tantos años “achicharrándome” las pestañas para que me salgan con que “no podemos contratarte porque tienes algo de estudio” —remedaba las palabras de mi entrevistadora—. ¡Si no les estoy pidiendo la gerencia ni algún puesto ejecutivo! Me lleva la… Y ahora, ¿qué voy a hacer?”


Llegué a casa y le conté toda la historia a mi esposa, quien me convenció de que mejor dejara pasar esta temporada para ver si las cosas se estabilizaban un poco y las empresas volvían a hacer contrataciones. Y así lo hice. Durante ese tiempo nos dedicamos a buscar casa y gracias a Dios conseguimos una muy barata que estaba de remate. Reunimos el dinero en varias partes y al fin, una vez alcanzado el total y aunque bastante endeudados, se nos hizo firmar el contrato de compra-venta. Al menos no todo parecía ir tan mal.

Cierto día me encontré con mi concuño, y después de saludarnos me comentó:
—¿Y qué onda? Me dice la cuñada que ya consiguieron casa.
—Sí —le respondí—. Sólo falta terminar el papeleo y ya.
—Oye, ¿no está canijo así cómo la van a comprar? —Él tenía conocimiento de nuestra situación económica—. Ahora que no tienes trabajo pues, ese dinero es lo único que los está alivianando, y además quedarían con una deuda pesadita por algunos años ¿no?

 —Pues sí, pero, si Dios quiere, ya se viene el tiempo donde las empresas empiezan a contratar personal y yo espero poder agarrar chamba para entonces. Además nada es seguro; a lo mejor, si ahorita no aprovecho, más adelante ya no pueda tener un chance de hacerme de una; las casas se van encareciendo día con día y ya después ni siquiera con el Infonavit me va a alcanzar.
—Sí —se cruzó de brazos—. Más vale que aprovechen ahorita que tienen la oportunidad porque el dinero se va.
—Sí, si no lo inviertes en algo, ni cuenta te das cuando ya lo gastaste en algún tabledance —bromeé.
—Así es —sonrió y me palmeó la espalda un par de veces—. Entonces échale ganas, no hay de otra.


El tiempo siguió adelante, pasó la temporada navideña y comenzó mi búsqueda de empleo.
Metí curriculums en varias partes; primero de manera esporádica, teniendo la esperanza de que pronto me llamarían, pero al no ver resultados y conforme pasaban los días, empecé a contactar a varias empresas al mismo tiempo, esperando poder conseguir una entrevista o alguna oportunidad. Las cosas no se dieron así y poco a poco me empecé a desesperar; ahora no sólo metía mis datos en empresas de mi ramo sino que también lo hacía en todas las que podía sin interesarme en lo más mínimo a qué se dedicaran. Sólo me importaba trabajar.


Poco tiempo después tuvimos que pagar algunas cosas concernientes a la casa y todos nuestros ahorros se acabaron. De verdad ya no tenía idea de qué hacer.
Mi padre me empezó a ayudar con algo de dinero para poder seguir adelante pero la situación no mejoraba; nadie me hablaba para alguna entrevista y los pocos que lo hacían argumentaban que sí los convencía mi perfil, pero no volvían a hablarme y si yo trataba de investigar el porqué del retraso, ellos me decían que era porque se les había caído el proyecto o que aún no se decidía mi ingreso.


Al ver que no tenía muchas opciones opté por aceptar uno de tantos empleos como vendedor; primero de alarmas para casas y después como promotor de una escuela de inglés. Ambos los tuve que dejar porque después de unos días no veía resultados y cada vez me desesperaba más.

Un buen día mi papá me ofreció trabajo como peón junto a mi tío, quien es albañil. Acepté de inmediato y comencé al siguiente día. La obra a levantar era un taller, trabajo que mi padre había venido desempeñando hace algunos años atrás.
El trabajo de un albañil, muy sabido por todos, es muy pesado y éste no era la excepción; cargar bloques, hacer la mezcla, acarrear tierra y demás cosas por el estilo era lo que a mí me tocaba hacer. Fue en este tiempo cuando comencé a sentirme abrumado y cansado; le echaba la culpa a lo pesado del trabajo y a la angustia de no poder tener un empleo más estable.


Un par de semanas más tarde, mi papá me dijo que me fuera a laborar al pequeño taller donde él trabajaba y rentaba en ese entonces, que un primo se iría a ayudarle a mi tío en la albañilería. Yo acepté sabiendo que, estar ahí, es un trabajo menos duro que el que desempeñaba actualmente.
En el taller trabajaban mi papá, mi hermano, el que seguía de mí, y mi primo quien, debido a mi entrada al taller, fue al que le tocó ir a seguir ayudándole a mi tío con la obra.


Al poco tiempo me enteré que mi mamá le insistía a mi padre para que me metiera al seguro social y así tener cubierto cualquier imprevisto (es algo extraño, ella insistía con mucho afán, como si presintiera que mi salud era algo precaria) pero yo pensaba conseguir otro trabajo, salirme pronto del taller y evitar que mi padre hiciera ese gasto extra en mí, rechazaba la proposición que se me hizo en más de una ocasión.

Tiempo después mi mamá me comenzó a notar más pálido que de costumbre, yo lo achacaba a que durante mucho tiempo trabajé en la noche, y volvía a rehusar la idea de que me dieran seguro social; mis padres aceptaban mi decisión con algo de recelo.
Trabajando en el taller, paulatinamente sentí que me cansaba más de lo acostumbrado; yo solo me reprochaba pensando que era pura flojera, y lo que hacía era comprar un refresco de cola para, según yo, levantarme un poco de mi decaimiento.


Fue en este periodo que mi hermano y yo comenzamos a platicar mucho de varias cosas que nos pasaban en la vida; me uní más a él ya que yo siempre fui el más apartado de la familia, incluso había ocasiones en que nos quedábamos charlando, mientras nos fumábamos un par de cigarros, hasta una hora o poco más después del trabajo. Fue una época que recuerdo con especial afecto.

Los días se iban sucediendo y conforme esto pasaba yo me comenzaba a sentir más raro: aparte de mis preocupaciones por no poder encontrar un trabajo en mi rama de estudios, sentía una especie de malestar general; un cansancio muy fuerte que, incluso hoy, que trato de traerlos a mi mente, los siento muy pesados de recordar, casi como si no hubieran existido o como si hubieran sido algún sueño de aquellos en los que, cuando despiertas, no sientes haber descansado y la cabeza hasta te zumba y te palpita. Yo culpaba de todo esto a la angustia y desesperación por mis problemas, aunque me parecía raro porque en ninguna otra situación, en la cual hubiera estado yo con una problemática, por más fuerte que fuera, había experimentado algo así.

Después de mucho insistir, mi mamá me convenció de entrar en el Seguro Social y así se hizo. Esto pasó casi al tiempo en que supimos que mi primo Santos, hijo de un tío de igual nombre, se encontraba algo enfermo, aunque nunca nos quisieron decir qué enfermedad le aquejaba.
Por el mes de mayo de ese año, 2001, me enteré que Santos se encontraba internado en el hospital, en el área de oncología; al saber de esto, no fueron necesarias más preguntas: mi primo padecía de cáncer.


La noticia nos fue dada en el taller ya que se necesitaban donadores de sangre y nos habían llamado para saber si alguno de nosotros, ya fuera mi hermano, mi papá o yo, podría ir a ser voluntario. Yo me ofrecí pensando en que tenía que ir a ayudar a mi primo, mi papá no objetó y rápidamente tomé camino hacia el hospital. Ya estando ahí, y con la guía de algunas personas quienes me dijeron en dónde estaba el lugar indicado para las donaciones. Ahí me encontré a la esposa y suegro de mi primo. Ella estaba embarazada de su primogénita y acompañaba a su papá, quien era otro donador.
Después de saludarlos y enterarme del estado de mi primo, tomé mi ficha y esperé mi turno. Al nombrarme la enfermera, entré a un pequeño cuarto; era donde tomaban las muestras de sangre para saber si la persona no estaba enferma de algún mal viral o alguna otra cosa que le evitara ser donador. Me tomaron una muestra de sangre y sin más, salí de la habitación.


Mientras esperaba los resultados, llené un cuestionario donde preguntaban, entre otras cosas, si eres mayor de 18 años, si tienes determinado peso y estatura, si consumes drogas o si has padecido alguna enfermedad que te incapacite como donador. Todos los requisitos los cubrí sin más problemas y conforme pasaban los minutos me ponía cada vez más nervioso; no por el hecho de que me sacaran sangre, sino porque me iban a meter agujas y permanecería con ellas por algunos minutos. Recuerdo que, de reojo, vi cómo era la extracción del líquido carmesí: en un cuarto que cuidaban de mantener con la puerta cerrada, la gente estaba sentada en amplios sillones individuales, tenían el brazo canalizado extendido, un tubo los conectaba del catéter hacia una bolsa que se mecía suavemente, como si fuera un sube y baja de los que se encuentran en los parques y hacen que los niños se diviertan.
“Pero esto no va a ser divertido” —pensaba mientras volvía la vista a otro lugar, ya que, como dije antes, esto fue sólo de reojo. No quise ver para no ponerme más nervioso, estaba seguro de que pronto estaría en alguno de esos sillones.


Después de un tiempo de espera, una enfermera dijo mi nombre y yo me acerqué a ella.
—¿Tú eres Ramón? —me cuestionó al momento que me paré frente a su diminuto escritorio.
—Sí —contesté.
—¿A qué vienes? —Me preguntó mientras veía unos datos en una hojita que tenía en las manos; eran mis resultados de laboratorio.
“Ha de estar drogada, borracha o la dejó su marido —pensé—, ¿no es lógico el motivo por el cual estoy aquí?”
—A donarle sangre a un primo —respondí.
La mujer movió la cabeza negativamente varias veces y frunció la boca.
—No, tú no puedes donar.
—¿Por qué? —Pregunté confuso.
—Tus resultados indican que no puedes hacerlo: saliste bajo en sangre. Tú no estás para donar sangre, estás para que te donen a ti —me enojé por la forma en que me hizo el comentario. —Mejor ve con tu médico familiar a revisión.
—¿Por qué, cómo salieron mis estudios? —Insistí a la vez que traté de ver los resultados, aunque no ganaba nada con hacerlo; desconocía qué querían decir las letras y los números ahí impresos.
—Tú no puedes donar sangre, estás bajo de hemoglobina y sería muy bueno que fueras con tu médico —dijo mientras nombraba a alguien más y guardaba mis estudios.
Yo me separé muy desconcertado por sus palabras y me encaminé con la esposa de Santos.
—¿Y tu papá? —Pregunté.
—Ya lo nombraron y ya lo metieron allí adentro —señaló con la cabeza hacia donde estaba el “cuarto de los sillones”—. ¿Y a ti, qué te dijeron?
—Que no podía donar porque ando bajo de hemoglobina.
—Ah, caray. Pues sí, si andas bajo no pueden sacarte sangre, luego el encamado vas a ser tú —bromeó y ambos reímos.
Después de despedirme de ella, y de pedirle de favor que lo hiciera con su padre, salí del hospital y regresé al taller donde les conté lo que me había pasado, mi hermano, mi papá y yo nos divertimos con la historia, restándole importancia, aunque mi madre, cuando mi padre le narró lo sucedido, no lo hizo de tal manera; al tener algo de conocimiento médico se dio cuenta de que algo andaba mal… pero jamás imaginó que mi falta de hemoglobina sería apenas un aviso del calvario que se avecinaba.


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CAPITULO 2 - "Una esperanza de vida" 2

Ana Hidalgo

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